Dentro de unos días visitará Colmenar alguien que, tras una carrera deportiva destacada, ha recalado en el vasto gremio de los coaches motivacionales que proliferan por todas partes. Viene a impartir una charla titulada “Esfuerzo, superación, trabajo en equipo y riesgos en internet”. No pongo en duda la buena intención, pero sí el punto de partida: hablar de internet como si fuera una amenaza antes que una oportunidad.
Porque lo digital no es un riesgo; es, probablemente, el gran lujo histórico que nos ha tocado vivir. El verdadero peligro para Colmenar Viejo —para cualquiera, en realidad— no es internet, sino quedarse fuera. La brecha digital no es una metáfora: es un muro que separa a los que van a poder participar del futuro de los que quedarán en el arcén.
Recordad la película En busca del fuego: una parte de la humanidad ya ha aprendido a dominarlo mientras otras tribus lo contemplan con miedo o incomprensión. El fuego abriga, protege, permite cocinar y sobrevivir; pero también quema y destruye. Por eso la pregunta decisiva no es si el fuego es bueno o malo, sino quién sabe usarlo y quién no.
Lo digital es el fuego de nuestra época.
El problema no es que “internet sea peligroso”, sino que una comunidad puede quedar al margen del uso pleno de lo digital. Y quedar al margen hoy significa renunciar a oportunidades de empleo, de aprendizaje, de acceso a la cultura, de participación democrática. Significa, sencillamente, que nuestro pueblo se ralentice mientras otros avanzan.
Por eso ni Colmenar ni nuestros jóvenes pueden permitirse tratar internet como un territorio hostil. Urge hablar, más bien, de derecho a lo digital: derecho a la conexión, a la formación, a comprender el entorno tecnológico en el que se decidirá buena parte de nuestra vida. Igual que hace un siglo se asumió que no saber leer condenaba a la miseria, hoy no saber moverse en lo digital es una nueva forma de analfabetismo.
La cuestión, al final, es muy simple:
¿Queremos ser la tribu que aprende a cuidar el fuego y a usarlo en beneficio de todos?
¿O la que lo mira desde lejos, lo teme y termina dependiendo de otros?
Cuando en Colmenar hablamos de “riesgos en internet”, deberíamos completar la frase: el mayor riesgo es no estar a la altura de nuestro tiempo. Tener el lujo histórico de poder conectarnos al mundo desde aquí y conformarnos con discursos tranquilizadores en lugar de políticas decididas de formación, acompañamiento y acceso.
Si aceptamos que lo digital es el fuego de hoy, entonces la tarea es evidente: lograr que nadie en Colmenar Viejo se quede sin aprender a encenderlo, a compartirlo y a disfrutarlo. Lo contrario no sería prudencia. Sería, sencillamente, quedarnos atrás.