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Crónica municipal || La izquierda se dispara en el pie con la tasa de basuras y Vox se enreda en las cuerdas del mercadillo

Foto: Diego Pedrosa

El pleno de marzo iba para bronca y se quedó en trámite, porque el alcalde retiró antes de empezar la ordenanza de medio ambiente, que era la pieza llamada a concentrar el debate. Sin ese plato fuerte, la sesión discurrió entre unanimidades infrecuentes, algún lucimiento técnico y una zona final de preguntas donde el mercadillo logró encender a medio mundo para defender, en realidad, lo mismo.

JT.- No había casi público, no hubo preguntas previas de los vecinos y el pleno empezó a su hora. Ya solo por eso la sesión presentaba un aire de excepción. En Colmenar, cuando no hay prólogo ciudadano, la política local tiene al principio un toque escandinavo y parece, por unos minutos, una actividad racional.

Con la retirada de la ordenanza de medio ambiente, la primera sorpresa llegó pronto, protagonizada por Alfredo Martín. El concejal de Hacienda defendió la ordenanza de recaudación, gestión tributaria e inspección con ese estilo suyo tan poco municipal y por eso mismo tan llamativo: voz baja, seguridad técnica, tono sereno, ninguna querencia al mandoble.

Tiene algo, salvando las distancias, de Carlos Cuerpo, el nuevo vicepresidente del gobierno: esa forma de hablar con convicción sin parecer enfadado con nadie, como si los adversarios no fueran adversarios sino personas momentáneamente desinformadas a las que conviene iluminar con paciencia.

Y ocurrió algo asombroso: la ordenanza salió aprobada por unanimidad. No una unanimidad vergonzante, de esas que se alcanzan por agotamiento o por descuido, sino una unanimidad reconocida y hasta elogiada por la oposición, que admitió el carácter moderno y práctico del texto y el esfuerzo dialogante del concejal y de su equipo.

No es frecuente que en el pleno colmenareño alguien recoja flores sin sospecha de trampa. Alfredo Martín lo logró, y el pleno arrancó así con un buen rollo casi exótico.

Duró poco, claro. No estamos todavía para beatificaciones.

Un tiro en el pie

La paz se torció en cuanto apareció la modificación de la ordenanza fiscal de la tasa por recogida de residuos urbanos. Aquí el PSOE se abstuvo y Ganemos y Más Madrid votaron en contra. Y, con franqueza, a este cronista le parece que la izquierda se metió en un jardín de difícil salida o, dicho de un modo más brusco, se pegó un tiro en el pie. Porque lo que se aprobaba no era una abstracción filosófica sobre el capitalismo de los contenedores, sino una cosa bastante concreta y bastante comprensible incluso para el contribuyente más distraído: rebajar a la mitad el recibo de la tasa de basuras de los vecinos.

La rebaja no caía del cielo ni brotaba de un arrebato filantrópico. Llegaba gracias al acuerdo alcanzado con la Mancomunidad, que compensa a Colmenar por soportar en su término municipal el vertedero. Y esa compensación permite aliviar la factura.

Todo lo demás —el debate de fondo sobre el principio de “quien contamina paga”, la eterna confusión interesada del Alcalde cargando la culpa sobre el gobierno central cuando el marco procede de normativa europea, el teatro ideológico de unos y otros— podrá discutirse cuanto se quiera y seguramente merece discusión. Pero hay momentos en política en que conviene distinguir entre la tesis doctoral y el recibo. Y este era uno de ellos.

Resulta complicado salir luego a la calle a explicar que uno ha votado contra, o se ha abstenido, ante una medida que reduce un 50% la tasa de basuras. El PSOE intentó poner un chiste sobre la mesa, con Óscar Monterrubio ironizando sobre la durísima negociación entre el alcalde de Colmenar Viejo y el presidente de la Mancomunidad, que viene a ser Carlos Blázquez en los dos casos.

La broma, que ya la había hecho el mismo concejal más veces, tenía su gracia de café, pero el Alcalde se la devolvió con relativa facilidad: precisamente para estas cosas, vino a decir, sirve controlar esos resortes institucionales. Y en este punto, mal que le pese a la oposición, no le faltaba razón.

Más lucimientos

Por fortuna para la concordia municipal, la tarde regresó luego a un cauce más manso. La nueva relación de puestos de trabajo y la aceptación de varios recursos volvieron a salir por unanimidad, con la defensa de Belén Colmenarejo. La primera teniente de alcalde interviene poco en el pleno, pero ya se sabe que en política local no siempre manda más quien más habla. A veces manda más quien llama menos la atención y pasa más horas arreglando problemas en despachos donde no entra la cámara. Si aquel expediente salió adelante con ese nivel de acuerdo, es razonable sospechar que algo ha debido de hacer bien.

Hubo todavía otro tramo propicio para el lucimiento de Alfredo Martín («yo vengo a hablar de números, no a hacer política»), con un expediente de crédito extraordinariolo bastante complejo como para que este cronista, que no se arredra ante la metafísica ni ante el barroco, confiese no haberlo seguido con la precisión que exigen las almas contables.

La votación, en todo caso, retrató bien el asunto: PSOE con el gobierno, Ganemos en contra, Más Madrid absteniéndose. Cuando una cuestión presupuestaria produce semejante geometría variable, suele ser señal de que no estamos ante una bandera ideológica, sino ante una sopa espesa de cifras, informes y partidas.

Cercanías, siempre tan lejos

Y así fue pasando la mañana, con más administración que épica, hasta llegar a un terreno más conocido: Cercanías. El PP llevó una moción sobre el mal estado del servicio que se parecía muchísimo a la que Vox había presentado en el pleno anterior. Tanto, que uno diría que el socio mayoritario no terminaba de aceptar que el menor se le hubiese adelantado por la derecha ferroviaria. Se pidió la dimisión de Óscar Puente, se convocaron todos los maleficios del Ministerio y la oposición de izquierdas votó en contra, como estaba escrito desde la primera línea del texto.

En este punto se estrenaba Isabel Álvarez como responsable de movilidad y transporte. Su intervención fue correcta, sin tropiezos visibles, aunque todavía es pronto para saber si en ese nuevo papel tiene más recorrido que decoro.

También intervino el masmadrileño Carlos Soriano, siempre sosegado, empeñado por segunda vez en recordar cuánto ha invertido el Gobierno central en la red ferroviaria. Es posible. Nadie discute que existan los datos. Lo que cuesta más encontrar es el momento exacto en que esa lluvia de millones se convirtió en una mejora apreciable para el sufrido usuario de Cercanías en Colmenar Viejo. Debe de ser una inversión muy espiritual.

Tropezar en el mercadillo

Y, sin embargo, lo más agrio del pleno no llegó en las votaciones, sino fuera del orden del día, con el asunto del mercadillo.

Lo extraordinario fue que un tema sobre el que, una vez expresadas las posiciones de cada portavoz, parecía haber bastante coincidencia, acabara convertido en un pequeño combate innecesario. Tras sendas preguntas de la portavoz socialista y del de Ganemos Colmenar, el equipo de gobierno subió el tono.

El Alcalde, y esto no constituye novedad alguna, volvió a su registro habitual de aspereza. Más llamativo fue ver a Susana Jiménez (Vox) bastante más encendida de lo que acostumbra en asuntos de gestión -ella se suele encender solo en los ideológicos-. Quizá porque el tema le toca directamente, quizá porque el asunto viene más enredado de lo que parece, la concejal de Empleo y Economía se apartó esta vez de su equilibrio habitual y entró en una dialéctica de mayor virulencia.

Tanto ella como el alcalde incurrieron además en un desdén poco elegante hacia los vendedores ambulantes, reduciendo la protesta a unos pocos «a cuatro que ni siquiera son de aquí» y contraponiéndola al interés general de “los colmenareños”.

Lo cual siempre suena un poco raro. Cabe esperar de un gobernante democrático que se preocupe por los colmenareños, desde luego, pero también, en la medida de sus posibilidades, por el resto del género humano. Y, en todo caso, convendría no hablar con suficiencia de quienes se ganan la vida levantándose de madrugada para vender -también a los colmenareños- calcetines, melones o aceitunas, mercancías muy útiles y menos ideológicas que un pleno municipal.

Lo curioso es que la discusión parecía inflamarse sin una verdadera discrepancia de fondo. Porque, al final, tanto unos como otros vinieron a sostener que el traslado del mercadillo será provisional y que, terminadas las obras, debería regresar a su emplazamiento actual. Si eso era así, no se entiende del todo por qué hubo tanta electricidad verbal. En política local sucede a veces: se discute con enorme pasión sobre lo mismo, solo por el placer de dejar claro que cada cual lo dijo primero y más alto.

En fin, Serafín…

Quedó todavía alguna cuestión menor, como las preguntas sobre el estado de ciertos colegios, respondidas con corrección por Lorena Colmenarejo y sin la gravedad que algunos quisieron ver en las redes. Pero a esas alturas el pleno ya estaba retratado.

No fue un pleno memorable. Pero tampoco del todo inútil. A veces la política municipal no revela su verdad en las grandes broncas, sino en estas sesiones menores, cuando falta el tema estrella y cada grupo queda más o menos a solas con sus reflejos. Y entonces se ve quién administra, quién improvisa, quién se enreda y quién, llegado el caso, es capaz de votar contra una rebaja del 50% en la basura y confiar en que nadie haga la cuenta en casa.

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