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Juego de Tronos

Después de quince años de resistencia, por fin me he puesto a ver Juego de Tronos. La sigo sin entusiasmo, con el ojo guiñado, porque la fantasía como género, sea audiovisual o literario, me fatiga más de lo que me atrae. Y, sin embargo, a esta serie de la que tanto me he escabullido debo reconocerle algunos hallazgos: en particular, cierta intuición sobre cómo se transmiten —y se justifican— las prácticas culturales.

Estoy pensando ahora en la reina Daenerys Targaryen, la Madre de Dragones, cuando se hace con el poder en la ciudad de Meereen. Tras abolir la esclavitud -ella era muy de esas cosas-, prohíbe los combates en los reñideros —un plagio poco imaginativo de los fosos romanos, con sus gladiadores y su trajín— por considerarlos incompatibles con su idea de justicia.

La decisión funciona regular: no tarda en descubrir que gobernar no es solo dictar principios, sino administrar adhesiones. Y entonces surge el argumento clásico: las tradiciones como pegamento social, como vínculo emocional entre el poder y el pueblo. Reabrir los reñideros sería, le dicen, un gesto de reconocimiento hacia la identidad colectiva.

El razonamiento es atractivo, pero encierra una confusión: identifica continuidad con legitimidad. No toda tradición merece ser preservada; algunas fueron respuestas eficaces en su tiempo y resultan hoy moralmente indefendibles. Invocarlas sin examen es otorgarles una coartada cultural que las blinda frente a la crítica.

Muchas de esas prácticas nacieron en contextos donde la desigualdad era norma, la violencia, espectáculo, y la dignidad, selectiva. Recuperarlas bajo el pretexto de la identidad implica aceptar, aunque sea de forma indirecta, aquello que ya no nos atreveríamos a justificar abiertamente.

Quienes apelan a la tradición lo hacen en nombre de la cohesión, pero rara vez explicitan su coste. ¿Puede una comunidad reconocerse en ritos que humillan o excluyen? ¿No es, precisamente, la revisión crítica de la tradición lo que permite avanzar sin quebrarse?

Quizá la única tradición defendible sea la de someter todas las demás a juicio: conservar lo que aún nos honra y dejar atrás lo que nos degrada.

Porque hay herencias que sostienen. Y otras que, simplemente, pesan.

Hasta la semana que viene.