ColmenarAlDía

Ay, la IA

Uno lleva toda la vida haciendo un esfuerzo considerable para no pronunciarse sobre asuntos teológicos y pastorales, pero está ya acostumbrado a que el Papa de turno opine sobre los asuntos terrenales con absoluto desparpajo.

Jamás me verán, ni a mí ni al periódico rabiosamente laico que dirijo, entrando a discutir sobre la gracia divina, la infalibilidad pontificia o las complejas relaciones entre San Agustín y el libre albedrío. Bastante tengo con entender la declaración de la renta.

Por eso agradecería cierta reciprocidad. Una modestísima reciprocidad. Que los teólogos y pastores tengan quizá el mismo pudor antes de pontificar sobre algoritmos, plataformas digitales o inteligencia artificial, materias sobre las que sospecho que saben aproximadamente lo mismo que yo sobre la vida eterna: muy poco y con bibliografía prestada.

Dicho esto, también entiendo la jugada. La inteligencia artificial se ha convertido en el gran asunto de conversación mundial. Habla de ella la Unión Europea, las universidades, las empresas tecnológicas, los gurús, los apocalípticos y ese cuñado que hace tres meses todavía no sabía reenviar un PDF. Era inevitable que el Vaticano quisiera asomarse también al debate, no fuera a parecer que el futuro se organiza sin él.

Y quizá ahí esté la clave. Más que dirigir la conversación, acompañarla. Ir caminando detrás de un asunto que ya venía embalado de fábrica, procurando no quedarse completamente fuera de la foto. Algo muy humano, por otra parte, sea cual sea la conexión del Papa con lo divino. Todas las instituciones llevan siglos intentando sobrevivir al siguiente invento, y, si no, que se lo pregunten a Galileo.

A mí, mientras tanto, todo esto de la IA me sigue produciendo sentimientos contradictorios. Hay días en que me parece milagrosa y otros en que descubro que la máquina escribe con la seguridad de un tertuliano y el rigor de una servilleta de bar. Te resume un informe en diez segundos, sí, pero luego confunde a Quevedo con un entrenador del Getafe y se queda tan tranquila.

Aunque quizá el verdadero problema no sea la inteligencia artificial. Quizá sea nuestra creciente tendencia a entregarles el criterio, la paciencia y hasta la conversación a unas máquinas que todavía no han pasado una tarde de calor en Colmenar ni saben lo que significa esperar a que refresque un poco para volver a vivir.

En fin. Ya veremos en qué acaba todo esto. De momento, el Papa habla de la IA, la IA habla con todo el mundo y nosotros seguimos aquí, intentando entender la época que nos ha tocado en suerte.

Que pases buen fin de semana. Y si hablas con una máquina, procura al menos que te conteste con educación.