Me llegan rumores —y los rumores, como es sabido, son esa forma menor de la literatura oral que conviene escuchar con un oído y poner en cuarentena con el otro— de que este año la Feria del Libro de Colmenar Viejo estuvo a punto de no celebrarse.
Al parecer, la concejala de Cultura habría considerado que estas semanas venían ya demasiado cargadas de actividades, convocatorias, actos, celebraciones y urgencias varias. Encajar la feria en mitad de semejante calendario podía resultar, según esa versión, algo más que complicado: incluso abrumador. No solo para quienes tienen que organizarla, sino también para los vecinos, que a veces vivimos en una especie de agenda cultural permanente, con la sensación de que hay que acudir a todas partes, enterarse de todo y no perderse nada.
No sé si todo esto es cierto. Precisamente por eso no lo hemos publicado como noticia en Colmenar al Día. Un periódico no está para convertir rumores en titulares ni para levantar castillos sobre arenas movedizas. Pero, como dicen los clásicos, se non è vero, è ben trovato. Es decir: aunque no fuera exactamente así, resulta verosímil. Y en esa verosimilitud hay algo que merece ser pensado.
Porque, en lo que a mí respecta, casi estoy con la concejala: hay que saber parar.
Vivimos rodeados de actividad. Todo municipio que se precie quiere tener una programación viva, dinámica, variada, participativa, intergeneracional, inclusiva y, si hace falta, con algún adjetivo más. Cada fin de semana parece obligado demostrar que Colmenar Viejo no duerme, que la cultura funciona, que las familias tienen planes, que los jóvenes tienen opciones, que los mayores tienen encuentros, que los comercios tienen motivos, que la administración se mueve.
Y todo eso está bien. Sería absurdo defender un pueblo apagado, sin libros, sin música, sin teatro, sin deporte, sin asociaciones y sin vida en la calle. La actividad pública es una forma de salud colectiva.
Pero también existe el exceso. Y el exceso, incluso cuando nace de la buena voluntad, acaba produciendo ruido.
Este año, además, la Feria del Libro de Colmenar coincidía con esa otra feria interminable de Madrid, que dura tres semanas y parece concebida para que uno compre más libros de los que podrá leer en los próximos diez años. Por si fuera poco, el Papa andaba también de visita en la capital, lo que no es exactamente un acto cultural local, pero sí contribuye a esa impresión de que el mundo entero ha decidido convocarnos al mismo tiempo.
Al final, según parece, entre unos y otros convencieron a la concejala y la feria salió adelante. Deprisa, quizá. A trancas y barrancas, puede. En formato pequeño, desde luego. Una miniferia. Pero una miniferia que, a su manera, no estuvo nada mal.
Y tal vez ahí haya una lección. No siempre hace falta hacer más. A veces basta con hacer menos, pero hacerlo con sentido. Una feria del libro no necesita competir con Madrid, ni convertirse en una exhibición de músculo institucional, ni llenar tres días con una programación imposible. Puede ser modesta, cercana, manejable. Puede limitarse a reunir libreros, autores, lectores, niños que hojean cuentos, mayores que compran una novela, vecinos que se encuentran y charlan un rato.
Eso, en el fondo, ya es bastante.
La cultura no debería ser una carrera de obstáculos ni una competición por ver quién pone más actos en el calendario. La cultura también consiste en detenerse, abrir un libro, escuchar a alguien, conversar sin prisa, mirar un escaparate, sentarse en un banco, dejar que una frase nos acompañe de vuelta a casa.
Por eso, si de verdad alguien pensó este año que quizá convenía parar, no me parece una mala intuición. Aunque luego se decidiera seguir. Aunque la feria terminara celebrándose. Aunque saliera pequeña, imperfecta y algo improvisada.
A veces las cosas pequeñas tienen una virtud que pierden las grandes: no nos obligan a correr.
Y quizá, en estos tiempos de agendas llenas, pantallas encendidas, notificaciones constantes y fines de semana convertidos en maratones de actividad, una pequeña Feria del Libro en Colmenar Viejo pueda servirnos precisamente para recordar eso: que leer es, antes que nada, una forma civilizada de detenerse.
De detenerse un poco. Que tampoco está nada mal.