ColmenarAlDía

Cada cual en su lugar

Queridos lectores,

El otro día entrevisté a una autora que iba a presentar su libro en Colmenar Viejo. Fue una conversación estimulante, mantenida con calma y con interés genuino, de esas que justifican el oficio cuando uno siente que el otro tiene algo que decir.

La entrevista, una vez transcrita y editada, quedó bien trabajada y bien enfocada. No era una crítica literaria —yo no había leído el libro—, sino la traslación al periódico de una conversación, ordenada narrativamente, con un hilo argumental razonable y con un sentido editorial coherente.

Cometí un error de principiante. Envié a la entrevistada el texto completo antes de publicarlo. No solo sus declaraciones entrecomilladas, cuya revisión puede entenderse como una cortesía, sino también la pieza construida por mí. Eso fue un fallo. Es como si un árbitro enseñara el acta del partido a los dos equipos antes de firmarla para ver si están de acuerdo.

Pese a mi convicción de que era una buena entrevista, a la autora no le gustó el enfoque y me pidió que la retirara. No tenía razón, pero accedí. Quizá por cansancio, quizá por evitar un conflicto innecesario. Quizá porque estoy mayor.

Lo verdaderamente revelador vino después. Al día siguiente recibí la llamada de la editora del libro, que, tras haber leído la pieza, consideró oportuno pedirme explicaciones, cuestionar la validez de mi entrevista, examinar mis criterios y plantear exigencias. La conversación fue breve: lo que tardé en colgar el teléfono.

Cuento esta anécdota no por lo biográfico, sino por lo que revela.

Me preocupa la pérdida progresiva de algunos valores cívicos elementales: el respeto por el oficio ajeno, la conciencia de los límites, la aceptación de que cada cual tiene su ámbito de responsabilidad. También me preocupa el deterioro del diálogo cuando este se sustituye por el tono impositivo o por la convicción de estar moralmente autorizado para corregir al otro: esa espantosa frase de sentirse “en el lado correcto de la historia”.

Jamás se me ocurriría llamar a un autor para indicarle cómo debería reescribir su libro, ni a una editorial para sugerirle qué criterios aplicar en su catálogo. No por falta de opinión, sino por respeto. Del mismo modo, el trabajo periodístico no consiste en agradar ni en someterse a tutela, sino en interpretar y narrar desde un criterio propio.

Vivimos tiempos en los que se enzarzan constantemente los “hunos y los hotros” (Unamuno dixit) sobre la base de certezas morales inamovibles. A mí esa seguridad me inquieta. La vida no tiene recorridos rectilíneos: es un tránsito complejo, lleno de matices, donde las verdades y los errores se entrecruzan.

Quizá convenga recordar, en lo pequeño y en lo grande, que la convivencia democrática se sostiene sobre algo tan sencillo y tan frágil como el respeto mutuo. Respetar al otro no es darle la razón, sino reconocer su legitimidad para hacer su trabajo sin injerencias indebidas.

Cuando ese respeto se pierde, no solo se empobrece el debate público. Se debilita la confianza básica que hace posible vivir —y trabajar— juntos.

El otro día me pilló cansado para explicarles esto a la autora y a su editora. Una pena.