Hace unos días, una amiga bromeaba sobre el empeño de algunos en presentarse como adalides de la sabiduría local, amparados en la posesión acreditada de “ocho apellidos colmenareños”.
La referencia alude de manera inmediata a la divertida película Ocho apellidos vascos y sus secuelas, pero conviene recordar que el origen de la expresión es menos irónica. Fue el racista fundador del Partido Nacionalista Vasco, Sabino Arana, quien en el siglo XIX enfatizó obsesivamente la pureza racial ligada a los apellidos originarios.
Conviene no exagerar la comparación, pero tampoco ignorar lo que subyace. Porque, aunque en el caso de mi amiga el comentario no pase de ser una broma, la historia nos ha enseñado hasta qué punto ciertas ideas sobre la identidad, la pertenencia o la pureza racial pueden derivar en formas de exclusión tan absurdas como dañinas y siempre con un trasfondo inquietante: la distinción entre los de dentro y los de fuera, los auténticos y los recién llegados, los puros y los mezclados.
Por fortuna, la realidad de Colmenar Viejo, además, avanza en una dirección muy distinta. Aquellos apellidos tradicionales, ligados a generaciones enteras, son hoy solo una parte —cada vez más pequeña— de un mosaico mucho más amplio.
En las últimas semanas este periódico se ha esforzado por asomarse a otros nombres que llegan de lejos y de cerca: de Damasco, de Rumanía, de Colombia, de Ucrania, de Marruecos… incluso, de lugares tan lejanos como Madrid. Con ellos llegan también otras lenguas, otras costumbres, otras miradas.
Lejos de ser un problema, esta diversidad es una buena noticia. Las sociedades más dinámicas, más creativas y también más prósperas han sido siempre aquellas capaces de integrar diferencias, de mezclar tradiciones y de construir identidades abiertas. No es un proceso inmediato ni exento de dificultades. Requiere tiempo, intercambio y, sobre todo, una cierta voluntad de entender al otro.
Pero es, sin duda, un proceso imparable. Y, como concluía mi amiga con acierto, un proceso del que deberíamos sentirnos razonablemente satisfechos. Porque, al final, lo que define a un lugar es el encuentro de tradiciones, la pluralidad de las miradas y, en suma, la calidad de su convivencia.