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La mejor tradición, el respeto

Llega la Semana Santa y, con ella, una de esas raras ocasiones en las que casi todo el mundo parece estar de acuerdo en algo: en que estos días son especiales. Luego, eso sí, cada cual los entiende a su manera. Para unos, son jornadas de fe, recogimiento y tradición. Para otros, una pausa necesaria, un viaje, una comida en familia o, sencillamente, el placer nada desdeñable de no mirar el reloj. Y todo eso cabe.

Conviene recordarlo en tiempos tan dados a convertir cualquier diferencia en motivo de disputa: hay muchas maneras de vivir la Semana Santa, y casi todas son perfectamente respetables si se practican con educación, con sensibilidad y con esa mínima cortesía que hace posible la convivencia. Se puede ir a una procesión con emoción verdadera, quedarse en casa leyendo, salir unos días fuera o aprovechar para no hacer absolutamente nada, que también es una ocupación muy seria.

No hace falta sentir lo mismo para entender que los sentimientos de los demás merecen respeto. Quien vive estos días desde la devoción merece consideración; quien los vive como descanso, también. La tolerancia no consiste en pensar igual, sino en aceptar que no todo el mundo tiene por qué hacerlo. Y, bien mirado, esa es una forma muy civilizada —y muy necesaria— de espiritualidad.

En el fondo, la Semana Santa también nos recuerda algo elemental: que una comunidad se mide no solo por lo que celebra, sino por cómo se comporta mientras lo celebra. Por su capacidad para convivir sin estridencias, sin burlas innecesarias y sin esa costumbre tan moderna de pontificar sobre lo que hacen los demás. Hay quien lleva un paso al hombro y hay quien lleva una maleta con ruedas; mientras ninguno se empeñe en pasarle por encima al otro, vamos razonablemente bien.

Así que ojalá cada uno disfrute estos días como prefiera, donde prefiera y con quien prefiera. En una iglesia, en la calle, en la carretera, en la sierra, alrededor de una mesa o en la bendita intimidad del sofá. Pero siempre con respeto. Que es, al final, la mejor tradición de todas y la única que no debería perderse nunca.