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El lado correcto de la historia

Hay cierto empeño en algunos políticos de uno u otro signo en declarar que ellos están “en el lado correcto de la historia”. Esta fórmula, que no cuenta con un autor acreditado, pero sí muchos seguidores, tiene el atractivo de las fórmulas cómodas: ahorra el esfuerzo de pensar y otorga, de inmediato, una superioridad moral sin necesidad de demostrarla. Quien la emplea no argumenta; se sitúa. Y al situarse, presupone que la historia es un tribunal con veredictos inequívocos, que avanza en línea recta y que, además, ya ha dictado sentencia.

Pero la historia no es un juez, sino un campo de interpretaciones. Lo que hoy parece indiscutible mañana se matiza, se corrige o se invierte. Hubo épocas en las que el progreso se identificó con la colonización, con la eugenesia o con ciertas formas de ingeniería social que hoy resultan moralmente inaceptables. Quienes entonces se creían del “lado correcto” no eran, en su mayoría, villanos conscientes, sino personas convencidas de estar encarnando el futuro.

El problema de la expresión no es solo su arrogancia retrospectiva, sino su función presente: clausura el debate. Si uno ya está en el lado correcto, el discrepante no es un interlocutor, sino un rezagado moral o intelectual. Se sustituye la discusión por la descalificación y la complejidad por el eslogan. La política —y, en general, la vida pública— se empobrece cuando se reduce a una pugna por apropiarse de la supuesta dirección de la historia.

Además, la idea misma de un “lado correcto” implica una teleología que rara vez se sostiene. La historia no tiene un destino garantizado ni un sentido unívoco. Es, más bien, el resultado de decisiones contingentes, de conflictos abiertos y de equilibrios inestables. Pretender conocer de antemano su dirección equivale a proyectar sobre el pasado y el futuro las certezas —o los deseos— del presente.

Frente a ese tópico, convendría reivindicar una actitud menos grandilocuente y más exigente: la de quien argumenta, duda y se hace responsable de sus posiciones sin escudarse en una supuesta absolución futura. No se trata de acertar con el veredicto de la historia, sino de sostener razones aquí y ahora, sabiendo que serán discutidas, revisadas y, quizá, refutadas.

Porque, al final, el verdadero riesgo no es estar en el lado equivocado de la historia, sino creer que uno no puede estarlo.

Hasta la semana que viene.