El otro día, durante el balance de los tres primeros años de legislatura, el alcalde dijo que, más allá del año que queda para completar el mandato, lo importante es que se han sentado las bases del Colmenar Viejo de los próximos veinticinco años.
Veinticinco años son muchos años. Son casi dos generaciones, según las cuentas que echaba Ortega. Son los niños de hoy convertidos en adultos, los barrios nuevos ya envejecidos, los árboles recién plantados dando sombra de verdad —si sobreviven, claro— y los equipamientos de ahora necesitados de reinvención.
En el periódico recogimos aquella afirmación como correspondía. Un gobierno tiene derecho a defender su balance y a explicar que sus decisiones no se agotan en lo inmediato. También tiene derecho a aspirar a perpetuarse, así que, nada que objetar. En urbanismo, vivienda, movilidad, medio ambiente o servicios, no se actúa solo para mañana. Y es una suerte y un acierto que así sea.
Pero unos días después mantuve una conversación que me hizo mirar esa frase desde otra perspectiva. Hablé con una arquitecta especializada en urbanismo, aunque no en ese urbanismo que solemos imaginar como una sucesión de planos, parcelas, aceras, rotondas, licencias y ladrillos. Me hablaba de otra cosa: de redes, de vínculos, de recorridos cotidianos, de escucha, de participación, de espacios compartidos. De la ciudad no solo como un lugar donde se vive, sino como una trama donde las personas se encuentran, se organizan, se reconocen o se ignoran.
Y ahí, quizá, está una de las grandes preguntas del Colmenar que viene.
Podemos discutir si hacen falta más viviendas, mejores accesos, más aparcamientos, más zonas verdes, más servicios públicos o una planificación más cuidadosa del crecimiento. Seguro que hace falta todo eso, y además bien hecho. Pero una ciudad no se construye solo con obras. También se construye con bancos donde sentarse sin prisa, plazas donde no sentirse de paso, comercios donde todavía nos llamen por el nombre, caminos escolares seguros, asociaciones vivas y conversaciones improbables entre vecinos que no piensan igual.
El futuro de Colmenar no dependerá únicamente de lo que se edifique, sino de cómo aprendamos a habitarlo. No solo de los metros cuadrados, sino de la calidad de las relaciones que seamos capaces de tejer dentro de ellos.
Por eso, cuando se habla de los próximos veinticinco años, conviene levantar un poco la mirada. No para hacer literatura —aunque tampoco pasa nada por hacerla de vez en cuando—, sino para recordar que las ciudades no son maquetas. Son conversaciones largas. A veces ruidosas, a veces torpes, a veces apasionantes.
Colmenar Viejo está creciendo. Eso ya no es una previsión, sino una evidencia. La cuestión es si queremos que crezca solo como una suma de barrios, servicios y centros comerciales, o como una comunidad capaz de mirarse, escucharse y reconocerse.
Porque quizá las bases de los próximos veinticinco años no estén solo bajo el asfalto. También están en la forma en que dialoguemos.