ColmenarAlDía

El dilema del justo medio

Hay semanas en las que uno se levanta aristotélico sin haberlo previsto. No por especial vocación académica, sino porque vivir en Colmenar Viejo invita, de vez en cuando, a pensar en eso que los clásicos llamaban el justo medio. Ese lugar difícil, inestable y a veces milagroso que no está en un extremo ni en el otro, sino en una zona intermedia y difusa donde, con un poco de suerte y bastante cuidado, las cosas pueden funcionar, o no.


Colmenar tiene algo de esto. No es exactamente un pueblo, aunque conserva todavía gestos, hábitos y formas de cercanía que pertenecen a la vida de los pueblos. Tampoco es del todo una ciudad, aunque hace tiempo que dejó de ser aquella localidad pequeña donde casi todo el mundo se conocía y casi todo cabía en una conversación de acera.


Está cerca de la sierra, pero no nos obliga a vivir con la dureza de la montaña. Está cerca de Madrid, pero nos ahorra —al menos algunos días— la angustia metropolitana, ese modo de vida en el que todo parece urgente, caro, ruidoso y ligeramente imposible. Tiene campo, tiene tren, tiene comercio, tiene colegios, tiene bares, tiene memoria y tiene horizonte. Dicho con una pluma suficientemente generosa, vivir en Colmenar podría parecer una aproximación prudente al paraíso: lo bastante urbano para no sentirse aislado y lo bastante rural para no sentirse engullido.


Claro que siempre aparece alguien con buen oído para las contradicciones dispuesto a darle la vuelta al argumento. Y entonces el justo medio empieza a parecer otra cosa. Demasiado grande para ser pueblo. Demasiado pequeño para ser ciudad. Con necesidades urbanas, pero con reflejos administrativos de municipio antiguo. Con aspiraciones de capital comarcal, pero con equipamientos que a veces llegan tarde, se quedan cortos o se gestionan con una mezcla de buena voluntad y desconcierto.
Esa es la cuestión. El término medio no es una garantía. No basta con estar en medio para estar bien situado. Hay términos medios luminosos y términos medios incómodos. Hay equilibrios que ordenan la vida y equilibrios que solo sirven para no decidir del todo qué se quiere ser.


Colmenar tiene una posición privilegiada, pero los privilegios también se estropean si no se cuidan. Puede ser una ciudad amable, abierta, bien conectada y con alma propia. O puede quedarse en esa zona confusa en la que se pierden las ventajas del pueblo sin alcanzar del todo las de la ciudad.


El dilema del justo medio, al final, no consiste solo en ocupar ese lugar. Consiste en saber gestionarlo. Porque entre el paraíso razonable y el lío perfectamente organizado hay menos distancia de la que parece.