Cada mañana, cuando el reloj aún bosteza y la bruma de Colmenar apenas se ha levantado, él sube al autobús 722. No tiene prisa. No tiene destino. Solo se sienta y espera.
A veces, junto a la ventanilla. Otras, junto al pasillo. Y, cuando alguien se sienta a su lado, no tarda en surgir la chispa. Una palabra. Una mirada. Una historia.
Su nombre nadie lo recuerda. Quizás nunca lo dijo. Quizás ya lo sabías antes de preguntar.
Al llegar a Plaza de Castilla se baja. Camina un rato por Madrid, observa el mundo con ojos limpios, y por la tarde vuelve a tomar el mismo bus, dirección Colmenar Viejo.
Pero por la tarde no habla. Solo mira. Mira a la mujer agotada tras limpiar escaleras todo el día. Mira a la chica que ha llorado. Mira a los cuatro chavales que ríen en grupo, aunque uno —el rubio— calla siempre cuando vuelve solo. Mira a todos y guarda en silencio sus pensamientos.
Sabe que mañana, quizá, uno de ellos se sentará a su lado. Y ese día sí hablará.
(Mañana: Capítulo 1 – La mujer del pañuelo rojo)









