Querida lectora, querido lector:
En las últimas semanas ha habido quien me ha escrito, molesto, incluso decepcionado, por el hecho de que esta newsletter esté patrocinada por Prezero, una de las empresas impulsoras de la planta de biogás. Agradezco estos mensajes, que vienen de personas a las que aprecio, porque me dan pie para aclarar algo esencial sobre cómo funciona un periódico y sobre cuál es —y seguirá siendo— el compromiso de Colmenar al Día.
Un medio de comunicación se sostiene, básicamente, sobre dos pilares que conviene no confundir nunca: la información y la publicidad.
La información es el corazón del periódico. Es lo que hacemos los periodistas: contar lo que pasa, verificar datos, contrastar versiones, ofrecer contexto y dar voz a las distintas posiciones. Con errores, sin duda, porque somos humanos, pero con un criterio claro: independencia editorial y respeto al lector. En Colmenar al Día la información no se vende ni se negocia. Y quien nos lee con regularidad sabe que hemos publicado —y seguiremos publicando— informaciones y opiniones muy críticas con actores económicos, sociales y políticos de todo signo, sin seguir los dictados de nadie ni pedir permiso a nadie.
La publicidad, en cambio, es lo que permite que ese trabajo exista. Este periódico es un medio digital en abierto y se mantiene gracias a anunciantes y patrocinadores. No hay misterio ni trampa: sin ingresos, no hay redacción, no hay tiempo para buscar información, no hay periódico. La publicidad no es un favor que se nos hace; es una relación profesional transparente, claramente identificada y delimitada. Aquí siempre se ha señalado qué es un banner -inserción publicitaria pagada-, qué es contenido patrocinado y qué es información periodística. Y así seguirá siendo.
Confundir información y publicidad no es solo un error: es un malentendido peligroso. Porque lleva a sugerir que un medio debe desaparecer antes que aceptar publicidad, o que el periodista debe hacer su trabajo presionado por los intereses del anunciante. Ninguna de las dos cosas es cierta.
Existe, además, un tercer concepto que conviene introducir en esta conversación: la propaganda. La propaganda no busca informar ni financiar un medio, sino convencer, movilizar o deslegitimar. Es una herramienta habitual de los partidos políticos y de algunos movimientos sociales, y no es en sí misma ni buena ni mala. Su problema aparece cuando se disfraza de información y oculta su intención. Ahí sí hay engaño.
Por eso la clave no está en demonizar la publicidad ni en indignarse selectivamente, sino en exigir claridad. Saber qué estás leyendo, desde dónde se te habla y con qué objetivo. En eso Colmenar al Día ha sido, y seguirá siendo, escrupuloso.
Entiendo que haya lectores que no compartan determinadas actividades empresariales o decisiones institucionales. Es legítimo. Pero ese desacuerdo no puede convertirse en una exigencia de silencio, ni en una sospecha automática sobre el trabajo periodístico.
Este diario no pertenece a ninguna gran empresa, a ningún partido ni a ningún grupo de presión. Pertenece a sus modestísimos accionistas y, por supuesto, a sus lectores. Y a ellos nos debemos: con información clara, publicidad identificada y propaganda, cuando exista, llamada por su nombre.
Este es el contrato. Y no vamos a cambiarlo.
Hasta la semana que viene.