Ucraniano asentado entre nosotros, Bogdan Boykiv habla con Colmenar al Día y relata su trayectoria, la vida de su familia y su visión sobre la ayuda europea cuatro años después de la invasión rusa.
AP. – Bogdan Boykiv llegó a España a principios de siglo y se asentó en Colmenar Viejo en 2002. Hoy, cuatro años después del intento de invasión rusa, habla desde la cotidianidad de su trabajo y de una familia repartida entre España, Canadá y Ucrania, con la preocupación y la esperanza que marcan a tantos desplazados.
De Ucrania a Colmenar
Bogdan recuerda que su llegada a España respondió a razones económicas y al deseo de un futuro mejor. Primero trabajó como interno y luego consiguió plaza en una empresa de seguridad donde lleva años desempeñándose como conserje. «Es Colmenar mi ciudad preferida», afirma con naturalidad, y subraya el arraigo que han construido su mujer y sus hijas, una ya emigrada a Canadá y otra geóloga trabajando en Madrid.
Su historia es la de muchos inmigrantes que llegaron por oportunidades y se quedaron por la vida que han levantado. No oculta la nostalgia por la tierra natal, pero describe también lo que España le ha dado: amigos, trabajo estable y una vida que les ha permitido prosperar.
Comunidad y convivencia
En Colmenar Viejo no existe una asociación ucraniana formal ni una estructura comunitaria consolidada. La presencia de ciudadanos procedentes de Ucrania es reducida y, según explica Bogdan Boykiv, la prioridad es el trabajo y la estabilidad familiar. “Aquí cada uno tiene su vida y sus horarios, es muy difícil coincidir”, señala.
Más allá del número, que sitúa en torno a una veintena de personas, apunta a otro factor relevante: la diversidad de posturas ante la guerra y la influencia de la desinformación. “No todos comparten la misma visión. Hay quien consume propaganda rusa y eso divide”, afirma.
El contacto entre compatriotas se limita a reuniones puntuales entre varias familias, sin una entidad que organice actividades o apoyo organizado. Aun así, Boykiv destaca su plena integración en la vida local y las amistades construidas en el municipio, un arraigo que convive con la preocupación permanente por su país de origen.
Familia en la guerra y la urgencia de más apoyo europeo
Buena parte de su familia sigue en Ucrania. Describe llamadas que transmiten una vida marcada por la falta de luz, agua y la incertidumbre diaria en muchas zonas. Habla con franqueza del dolor, y cuenta que miembros de su familia han fallecido en el conflicto, pero evita la victimización y reclama acción. «Lo que más me preocupa es no poder ayudar más», dice, y cuenta cómo envía apoyo económico a conocidos y familiares cuando es posible.
Sobre la ayuda internacional, Bogdan reconoce que existe apoyo pero considera que es insuficiente. Señala la necesidad de asistencia práctica y militar y advierte de los riesgos de una falta de respuesta prolongada. Su mirada es clara: apoyar a Ucrania es proteger también la estabilidad europea.
Bogdan cierra la conversación con un mensaje directo. Reclama que la comunidad internacional mantenga el apoyo a Ucrania y que la ayuda sea tangible, no solo simbólica. Señala con claridad las limitaciones de recursos y la urgencia de asistencia concreta, reflejando la realidad de quienes tienen familia en el país y siguen viviendo el conflicto a diario.










