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Tres Cantos, 35 años después: la historia que Colmenar Viejo no ha querido recordar (1) 

Foto: JT en la entrevista con Armando Jusdado, Virgilio Cano y Paloma Maroñas

Armando Jusdado y Virgilio Cano, dos protagonistas de la única segregación municipal de la España moderna, reconstruyen para Colmenar al Día cómo se gestó la de Colmenar Viejo y Tres Cantos, una de las decisiones más importantes —y todavía más incómodas— de la historia reciente de nuestro municipio

Juan Torres.- Tres Cantos ha cumplido 35 años como municipio independiente con celebraciones, actos institucionales, publicaciones conmemorativas y una mirada orgullosa hacia su propia historia. En Colmenar Viejo, sin embargo, apenas se ha oído una palabra.

Ni una conmemoración institucional, ni una reflexión pública, ni siquiera una nota que recordara que aquel municipio joven, hoy consolidado, nació de una decisión que afectó de manera decisiva al término, a la política y a la memoria de Colmenar.

Una operación de calado

Esa ausencia no es menor. La segregación de Tres Cantos no fue un episodio administrativo cualquiera. Fue una operación política, territorial y emocional de enorme calado. Modificó el mapa municipal, puso a prueba al Ayuntamiento de Colmenar Viejo, abrió heridas que algunos explotaron durante años y dejó una pregunta que todavía hoy parece incómoda: ¿perdió Colmenar algo irrecuperable o evitó, precisamente, una crisis mucho mayor?

Para responder a esa pregunta, Colmenar al Día reunió a dos de los protagonistas directos de aquel proceso: Armando Jusdado, alcalde socialista de Colmenar Viejo en los años decisivos de la segregación, y Virgilio Cano, consejero del Gobierno regional presidido por Joaquín Leguina y firmante por parte de la Comunidad de Madrid de la creación del nuevo municipio. En el encuentro participó también Paloma Maroñas, actual secretaria general del PSOE de Colmenar Viejo, y que conoce bien el contexto de aquellos años del partido de Jusdado.

La conversación permitió reconstruir no solo los hechos, sino también el clima político, las presiones, las dudas, las renuncias y el coste personal de una decisión que, 35 años después, sigue siendo utilizada en Colmenar como reproche político, aunque los propios datos y la evolución posterior obliguen a una lectura bastante más compleja.

Un origen anterior al PSOE y anterior a la democracia

Una de las ideas más repetidas por Armando Jusdado durante la conversación fue que Tres Cantos no nació de una ocurrencia socialista ni de una operación diseñada por el Ayuntamiento democrático de Colmenar Viejo. Su origen se remonta mucho antes: al urbanismo desarrollista de los últimos años del franquismo.

Jusdado recordó que los antecedentes se encuentran en los decretos de los años 70 sobre actuaciones urbanísticas urgentes. Aquel proyecto no fue consultado con Colmenar en términos democráticos. No podía serlo, porque no había democracia municipal. Fue una decisión del Estado central, adoptada desde arriba, para levantar una nueva ciudad que sirviera, entre otras cosas, para aliviar la presión demográfica de Madrid.

“Esto lo hizo el Estado franquista”, vino a resumir Jusdado frente a la versión simplificada que durante años atribuyó al PSOE la responsabilidad inicial de Tres Cantos. En su relato, el futuro municipio nació como una actuación urbanística impuesta sobre terrenos mayoritariamente colmenareños, muchos de ellos agrícolas y ganaderos, expropiados a pequeños propietarios a precios irrisorios. Según recordó, hubo propietarios que ni siquiera tenían regularizados sus títulos, como ocurría con frecuencia en los pueblos en aquella época, y algunos nunca llegaron a cobrar cantidades que, en todo caso, eran mínimas.

El modelo se inspiraba, de forma imperfecta, en las new towns británicas, ciudades planificadas para absorber población o acompañar desarrollos industriales. Pero Jusdado subrayó una diferencia esencial: en Inglaterra esos proyectos se negociaban con los municipios afectados; en España, en cambio, se imponían por decreto.

Cuando llegó la primera corporación democrática de Colmenar Viejo, en 1979, el problema ya estaba encima de la mesa. El Ayuntamiento no había decidido crear Tres Cantos, pero tuvo que gestionar sus consecuencias.

Un Ayuntamiento pobre frente a una ciudad que prometía resolverlo todo

El relato de Jusdado sobre aquellos primeros años tiene algo de choque entre dos mundos. Por un lado, un Colmenar Viejo todavía con carencias básicas: calles sin asfaltar, servicios insuficientes, un municipio que salía trabajosamente del atraso administrativo y urbano. Por otro, el gobierno central presentaba una ciudad nueva, casi como una pieza de ciencia ficción urbanística: recogida neumática de basuras, colegios, guarderías, piscinas, equipamientos y una planificación que, sobre el papel, parecía resolverlo todo.

El entonces alcalde recuerda su primera relación con los responsables de Tres Cantos S.A., la sociedad estatal que gestionaba el desarrollo. Desde aquella entidad se trasladaba al Ayuntamiento la idea de que Tres Cantos sería una “entidad urbanística” capaz de resolver por sí misma sus servicios y necesidades. Pero la realidad municipal era otra: un Ayuntamiento no podía recibir una urbanización sin garantías técnicas, sin servicios terminados y sin saber quién iba a asumir los costes reales de mantenimiento.

Ahí empezó una de las primeras batallas: la concesión de licencias de obra. Jusdado relató que el Ayuntamiento se resistía a concederlas sin que se cumplieran los compromisos sobre equipamientos, colegios, guarderías o servicios. En esa negociación intervino incluso el gobernador civil Juan José Rosón, con quien el Ayuntamiento acabó pactando calendarios y compromisos para que las licencias se fueran desbloqueando.

El entonces alcalde lo cuenta como un dilema jurídico, político y moral. Por una parte, estaban los cooperativistas, muchos de ellos compradores de buena fe que habían invertido sus ahorros. Por otra, un Ayuntamiento que no podía hacerse cargo de una ciudad nueva a medio hacer ni aceptar que el coste de los servicios recayera sobre Colmenar sin compensaciones suficientes.

La presión fue enorme. Jusdado incluso recordó un episodio en el que representantes de una cooperativa acudieron a su despacho con un maletín lleno de billetes. Su respuesta, según relata, fue echarlos del Ayuntamiento. Más allá de la anécdota, el episodio revela el clima de aquellos años: mucho suelo, mucho dinero, muchas expectativas y un Ayuntamiento que tenía que decidir hasta dónde podía llegar.

La presión vecinal tricantina y el miedo colmenareño

La demanda de independencia nació, en buena medida, de los propios vecinos de Tres Cantos. A medida que la población crecía, aumentaba también la presión para constituirse en municipio propio. Tres Cantos se sentía una realidad distinta, alejada de Colmenar Viejo en lo físico y en lo sociológico, con una población nueva que quería decidir sobre sus servicios, sus presupuestos y su futuro.

En Colmenar, la reacción fue más contradictoria. Había temor, rechazo emocional y también un discurso político fácil: “nos quitan el término”, “nos dejan sin futuro”, “se llevan lo nuestro”. Jusdado reconoce que ese clima pesó mucho y que la segregación le costó la alcaldía. Durante años, el PP alimentó la idea de que el PSOE había permitido una pérdida irreparable para Colmenar.

Sin embargo, uno de los datos más relevantes de la conversación es precisamente el contrario: según recordó Jusdado, el expediente de segregación lo inició Juan Manuel Mansilla, alcalde del PP entre 1987 y 1988, en el marco de los acuerdos políticos de aquel momento. Después, cuando el proceso llegó a su fase decisiva, el PP no votó en contra: se abstuvo.

El dato es políticamente importante porque desarma parte del relato posterior. La segregación fue utilizada contra el PSOE, pero quienes la combatieron en la calle no llegaron a convertir esa oposición en un voto negativo determinante en el pleno. Según la reconstrucción de Jusdado, en la votación final hubo 14 votos a favor y 7 abstenciones. Votaron a favor el PSOE, Tres Cantos Unido y el CDS; el PP se abstuvo.

“No se pronunciaron”, recuerda Jusdado. Y esa abstención, en una decisión de tanta trascendencia, sigue teniendo hoy una lectura política evidente.

Virgilio Cano: “Era un proceso imparable”

Virgilio Cano, que en aquel momento era consejero de Gobernación del gobierno de la Comunidad, y que luego lo fue de Agricultura y de Medio Ambiente, aportó la mirada regional. Desde la Comunidad de Madrid, la segregación se veía como un proceso ya prácticamente irreversible.

Así lo vio el entonces todopoderoso consejero de Ordenación del Territorio, Eduardo Mangada, y así lo entendió también el propio presidente de la Comunidad, Joaquín Leguina. La presión social en Tres Cantos, el desarrollo urbanístico, la existencia de una población consolidada y la necesidad de ordenar jurídicamente aquella realidad hacían difícil imaginar una marcha atrás.

Cano recordó que la Comunidad tuvo que analizar la viabilidad del nuevo municipio y garantizar que la segregación no dejara a Colmenar en una situación insostenible. La operación exigía informes jurídicos, económicos y territoriales. Tres Cantos debía poder vivir como municipio independiente y Colmenar no debía quedar dañado de forma estructural.

A su juicio, el resultado posterior demuestra que la decisión fue acertada. Tres Cantos se consolidó como una ciudad de éxito y Colmenar Viejo siguió creciendo. No hubo una guerra permanente entre ambos municipios ni una fractura institucional duradera. En un contexto que podía haber alimentado localismos, reproches y enfrentamientos, la convivencia acabó imponiéndose.

Cano fue especialmente claro al valorar el papel de Armando Jusdado. A su juicio, el alcalde de Colmenar entendió que el proceso era inevitable y trató de conducirlo del modo menos perjudicial posible para su municipio. Esa fue, probablemente, la clave política de aquellos años: no impedir lo imposible, sino negociar las condiciones de lo inevitable.

(Mañana, segunda parte)

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