La frase clave resuena con fuerza en cada torneo. Diego González Rodríguez, árbitro autonómico de ajedrez y vecino implicado en la vida cultural de Colmenar Viejo, lleva apenas un año con licencia oficial, pero ya sabe que “ser árbitro es ayudar a que otros se diviertan”.
RG. En sus palabras hay una mezcla de vocación, sentido común y entrega. Diego no arbitra por protagonismo ni por rutina: lo hace con la convicción de quien sabe que el buen ambiente es parte del juego. “Muchas veces digo: hoy no me toca a mí divertirme, pero estoy haciendo que otros se diviertan”.
Desde las partidas relámpago hasta los torneos escolares, Diego aplica la lógica, la empatía y el reglamento. Sin alardes, pero con autoridad.
El lado humano del reglamento
A simple vista, el ajedrez parece limpio. Pero en cada partida hay decisiones difíciles. “Lo más complicado es cuando se sale de lo normal. Ahí tienes que aplicar tus conocimientos y ser imparcial”.
Diego recuerda una partida con un final confuso. “Uno paró el reloj porque quería promocionar una dama, pero se le acababa el tiempo. Eso le dio segundos extra para pensar. El otro reclamó. Son situaciones que te obligan a decidir rápido y con cabeza”.
El error más común entre los jugadores, dice sin dudar, son las jugadas ilegales. “Sobre todo en rápidas. Están tan concentrados en su plan que ni ven que están en jaque”.
Y si hay disputas, Diego lo tiene claro: diálogo primero. “Siempre pregunto: ¿tú crees que…? Con adultos, suele resolverse hablando. Con niños, basta con explicar. Pero los que dan guerra son los padres”.
Porque en el ajedrez, como en otros deportes, “los peores somos los padres”. No lo dice con rencor, sino con ironía resignada. “El niño acata, pero el padre viene a reclamar. Lo importante es explicar la norma con calma, para evitar conflictos”.
Ajedrez limpio, presión y tecnología
¿Y las trampas? “En mi nivel, pocas. En partidas blitz es casi imposible. En clásicas, puede haber móviles o alguien que intente ayudar desde fuera. Pero son casos muy aislados”.
Diego cree en el ajedrez limpio. Pero también en la presión del arbitraje. “Siempre que hay una reclamación vas con el temor de qué te vas a encontrar. Quieres hacerlo bien. Que ambos acepten tu decisión”.
¿Alguna vez se equivocó? “Sí. Una vez tomé una decisión que luego vi que no era correcta. Ya estaba hecha. Como en el fútbol: también se equivocan. Lo importante es que no sea a propósito”.
Respecto a la inteligencia artificial, la ve como una herramienta útil, pero aún en pañales. “Para entrenar está bien. Puedes jugar contra Stockfish en distintos niveles. Aprendes. Todo recurso es bueno si te ayuda a mejorar”.
Y sobre las cualidades de un buen árbitro, responde sin dudar: “Ser humano, dialogante, y que te guste que la gente disfrute. No se trata solo de aplicar la norma, sino de crear un terreno de juego justo y agradable”.
Un club que resiste en Colmenar Viejo
La pandemia golpeó con fuerza el ajedrez local, y todo lo deportivo, pero gracias al esfuerzo colectivo el Club de Ajedrez de Colmenar Viejo no solo resistió sino que ahora crece. “Desapareció un tiempo, pero lo estamos retomando con clases para niños y torneos, y estamos compitiendo a un buen nivel”.
Diego decidió formarse como árbitro por necesidad. “El club necesitaba a alguien. Si no, hay que pagar a uno externo. Así que dije: me presento yo”. El examen no es fácil, pero Diego lo sacó a la primera. En el club ya son dos árbitros y él se está preparando para el nivel nacional.
Hoy forma parte de la directiva, un grupo reducido pero comprometido. “Perdemos horas de nuestra vida para que esto funcione. Somos pocos, pero con ganas de tirar hacia adelante”.
Porque, al final, esto no es solo controlar relojes o resolver reclamaciones. Es, como dice Diego, ser árbitro es ayudar a que otros se diviertan.









