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Cómo afrontar las catástrofes sin que el pánico nos desborde

Las intensas lluvias de estos días, las inundaciones y escenas como la evacuación preventiva en Grazalema han vuelto a recordarnos algo incómodo: la sensación de seguridad puede romperse de golpe. Cuando el entorno deja de ser estable, no solo se tambalea lo material. También se activa una respuesta emocional profunda que mucha gente no sabe cómo nombrar, pero que se nota en el cuerpo y en la cabeza.

Marta del Barrio.- Vivir de cerca un fenómeno climático extremo —aunque no haya daños personales— puede convertirse en una experiencia potencialmente traumática. El trauma no depende únicamente de la gravedad objetiva de lo ocurrido, sino de cómo lo ha vivido nuestro sistema nervioso: con miedo, sensación de amenaza, impotencia o pérdida de control. Por eso conviene empezar por una idea esencial: no todas las heridas se ven, pero eso no las hace menos reales.

En los días posteriores es frecuente que aparezcan reacciones desconcertantes. Nerviosismo constante, problemas para dormir, pensamientos repetitivos sobre lo ocurrido, sobresaltos ante ruidos, cansancio emocional o una tristeza que no parece tener una causa clara. Muchas personas se preguntan por qué siguen así “si ya pasó lo peor”. Desde la psicología, la explicación es clara: son respuestas normales de un organismo que ha estado en alerta, intentando protegerse.

Normalizar lo que se siente

El primer paso para atravesar este tipo de episodios con más calma no es obligarse a estar bien ni forzarse a “ser positivo”. Es normalizar lo que se siente. Entender que el miedo, la ansiedad o la inquietud cumplen una función protectora ayuda a que dejen de crecer. Cuando dejamos de luchar contra esas emociones y empezamos a escucharlas, suelen perder intensidad.

Otro elemento clave es recuperar, poco a poco, la sensación de control. Las catástrofes climáticas nos enfrentan a lo imprevisible, y eso genera inseguridad. Por eso, centrarse en acciones concretas y realistas puede marcar una diferencia: informarse por vías fiables, retomar rutinas básicas, organizar el día a día con lo que está al alcance. Son gestos pequeños, pero le dicen al cuerpo que el peligro ya no es constante y que puede empezar a salir del estado de alarma.

Apoyarse en la comunidad

En este proceso, el cuerpo tiene un papel decisivo. Tras una vivencia interpretada como amenaza, el organismo puede quedarse “enganchado” a la tensión. Cuidar el descanso, la alimentación y el movimiento no es un lujo: es una forma directa de regular el impacto emocional. Igual de importante es limitar la exposición continua a noticias e imágenes impactantes. Estar informado no implica estar conectado todo el tiempo; a veces, dosificar la información es una medida de autocuidado.

También las relaciones actúan como un escudo. Compartir lo que se ha sentido, hablar con personas de confianza o apoyarse en la comunidad —como se ha visto una y otra vez en los pueblos afectados— ayuda a procesar la experiencia. El trauma tiende a aislarnos; el vínculo, en cambio, repara. Y con el paso de los días aparece otra necesidad: integrar lo ocurrido, encontrarle un lugar en la propia historia. No se trata de minimizar el daño ni de buscar aprendizajes forzados, sino de aceptar que volver a sentirse tranquilo puede requerir más tiempo del esperado.

Cada persona tiene su ritmo

Conviene subrayarlo: cada persona tiene su ritmo. Compararse (“yo debería estar mejor”, “hay gente que lo ha pasado peor”) suele añadir culpa al malestar. La autocompasión —entendida como un trato amable hacia uno mismo— es una de las herramientas más eficaces para recuperarse: reconocer lo vivido, respetar el propio proceso y sostenerse con paciencia.

Los temporales como el que ha golpeado Grazalema y otras zonas nos recuerdan que no controlamos todo lo que ocurre ahí fuera, pero sí cómo nos cuidamos mientras ocurre. Afrontar la adversidad con el mejor ánimo posible no significa ignorar lo que pasa: significa acompañarnos mejor mientras lo atravesamos.

No en soledad

Si después de estos episodios el miedo, la ansiedad o el desánimo se prolongan en el tiempo, es importante recordar que no tienes por qué pasarlo en soledad. Contar con acompañamiento profesional puede marcar la diferencia a la hora de procesar lo vivido y recuperar equilibrio. En Sicura Psicología, un equipo de profesionales puede ayudarte en este proceso, de forma presencial u online, adaptándose a tus necesidades y a tu momento vital.

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