El uso cotidiano de móviles, tablets y otros dispositivos plantea nuevos retos a las familias, especialmente en el desarrollo de la atención, la tolerancia a la frustración y la gestión de las emociones desde la infancia.
Marta del Barrio.- La tecnología forma ya parte del día a día de la mayoría de las familias. Desde edades muy tempranas, niños y niñas conviven con móviles, tablets, televisores y videojuegos, en un entorno donde las pantallas están cada vez más presentes tanto en el ocio como en el aprendizaje. Este nuevo contexto ofrece ventajas evidentes, como el acceso a contenidos educativos, herramientas creativas y nuevas formas de comunicación, pero también abre interrogantes sobre su impacto en el desarrollo emocional.
Uno de los principales desafíos no es solo cuánto tiempo pasan los menores ante una pantalla, sino de qué manera ese uso influye en su capacidad para relacionarse, sostener la atención o gestionar emociones como el aburrimiento, la frustración o el enfado.
Calmar el malestar
Los especialistas advierten de que los dispositivos digitales están diseñados para captar la atención de forma constante. Vídeos breves, notificaciones, recompensas inmediatas o juegos muy estimulantes generan un tipo de interacción que puede dificultar, especialmente en cerebros en desarrollo, la concentración en actividades más pausadas, como la lectura, el juego simbólico o determinadas tareas escolares.
A ello se suma otra cuestión relevante: cuando la tecnología se convierte en la respuesta automática para calmar el malestar o evitar una rabieta, los menores pueden tener menos oportunidades de aprender a identificar lo que sienten y a desarrollar recursos propios para autorregularse. En ese sentido, recurrir al móvil o la tablet para “tranquilizar” a un niño puede resolver una situación puntual, pero no enseña a manejar la emoción que hay detrás.
También preocupa la reducción de interacciones cara a cara cuando las pantallas sustituyen parte del tiempo compartido. Las conversaciones, los gestos, los tonos de voz y las expresiones faciales son elementos esenciales en el aprendizaje emocional y social, y requieren práctica cotidiana.
Regulación emocional
Frente a ello, los expertos insisten en la importancia de enseñar regulación emocional desde edades tempranas. Se trata de una habilidad que permite reconocer lo que uno siente, comprender por qué ocurre y aprender a responder sin quedar desbordado. No se adquiere de manera automática, sino a través del acompañamiento, el ejemplo y la repetición.
En la práctica diaria, esto significa que cuando un niño se frustra porque pierde en un juego o porque se le termina el tiempo de pantalla, el adulto puede aprovechar ese momento para poner nombre a lo que ocurre, validar la emoción y ofrecer estrategias para gestionarla. Más que evitar el conflicto a toda costa, se trata de convertir esas escenas cotidianas en oportunidades de aprendizaje.
En este contexto, la tecnología no tiene por qué ser un problema en sí misma. Bien utilizada, puede ser una herramienta valiosa para estimular la creatividad, reforzar vínculos familiares o apoyar determinados aprendizajes. La diferencia está en el acompañamiento: ver contenidos juntos, comentar lo que aparece en pantalla, hacer preguntas y fijar límites claros ayuda a que el uso sea más consciente y equilibrado.
Semáforo de las emociones
Junto a ello, distintas propuestas sencillas pueden reforzar la educación emocional en casa. Entre ellas figura el llamado “semáforo de las emociones”, un recurso visual para que los menores identifiquen si están tranquilos, incómodos o muy alterados; el “tarro de la calma”, que permite explicar de forma gráfica cómo se asientan las emociones intensas con el paso de los minutos; o la reserva de pequeños espacios diarios sin pantallas para jugar, leer, dibujar o simplemente conversar.
Desde Sicura Psicología subrayan que criar en un entorno altamente tecnológico genera dudas y desgaste en muchas familias, y recuerdan la importancia de pedir apoyo profesional cuando surgen dificultades persistentes en la convivencia, en el establecimiento de límites o en la gestión emocional de los hijos. El objetivo, apuntan, no es eliminar la tecnología, sino encontrar un equilibrio saludable que permita crecer con herramientas digitales sin perder las bases del vínculo, la comunicación y el desarrollo emocional.










