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El acto de fe de llegar a casa

Cuando el ser humano falla, la tecnología tiene la obligación de no hacerlo.

Hay algo que hacemos prácticamente todos los días sin detenernos a pensar en lo que significa. Nos subimos a un coche, a un autobús, a un tren o a un avión. Nos sentamos, miramos el teléfono, leemos, conversamos o simplemente cerramos los ojos. Y confiamos.

Confiamos en que quien conduce sabe lo que hace. Confiamos en que alguien ha revisado los mecanismos. Confiamos en que quienes tienen la responsabilidad de garantizar nuestra seguridad han cumplido con su trabajo. Confiamos, incluso, en personas a las que nunca hemos visto y probablemente jamás conoceremos.

Y lo hacemos con una naturalidad extraordinaria.

Porque, aunque no lo llamemos así, cada vez que subimos a un transporte público estamos haciendo un verdadero acto de fe.

Entregamos nuestra seguridad, y en cierto modo nuestra propia vida, a una cadena de decisiones ajenas. Y lo hacemos convencidos de que llegaremos a nuestro destino. De que volveremos a abrazar a nuestros hijos, a besar a nuestra pareja, a sentarnos a cenar con nuestra familia. De que mañana será otro día.

Pero ¿qué sucede cuando esa confianza se rompe?

Vivimos en una sociedad capaz de desarrollar tecnologías que hace apenas unas décadas nos habrían parecido milagrosas. Máquinas que pueden detectar peligros antes de que se produzcan, sistemas capaces de advertir de un error humano y mecanismos diseñados precisamente para evitar que una equivocación termine convirtiéndose en una tragedia.

Y, sin embargo, seguimos siendo humanos.

Nos cansamos. Nos distraemos. Nos equivocamos. Tomamos malas decisiones. A veces actuamos con exceso de confianza y otras, sencillamente, no estamos a la altura de la responsabilidad que tenemos entre manos.

No lo digo como una acusación. Lo digo porque forma parte de nuestra naturaleza. La imperfección es inseparable del ser humano.

Y precisamente por eso tengo una convicción muy clara: cuando falla el factor humano, el factor tecnológico no debería tener derecho a fallar también.

No estoy hablando de sustituir a las personas por máquinas. Ni de convertir nuestra sociedad en un mundo gobernado por algoritmos. Estoy hablando de algo mucho más sencillo: de que la tecnología tiene que servir para protegernos de nuestras propias debilidades.

Si sabemos que una persona puede distraerse, debemos construir sistemas que detecten esa distracción. Si sabemos que alguien puede tomar una decisión equivocada, debemos disponer de mecanismos que impidan que esa decisión cueste vidas. Y si sabemos que el ser humano nunca será perfecto, tenemos la obligación moral de utilizar toda nuestra inteligencia para que sus errores no resulten irreparables.

Porque hay una diferencia enorme entre aceptar que una persona puede equivocarse y resignarnos a que ese error termine en una desgracia.

El error humano puede ser comprensible. Que no hayamos hecho todo lo posible para evitar sus consecuencias, no.

Y aquí es donde, inevitablemente, mi manera de entender la vida se cruza con mi fe.

Soy creyente. Profundamente creyente. Y hay algo que he aprendido en mi relación con Dios: confiar no significa tener todas las respuestas. Significa caminar aun cuando no conocemos el camino completo. Significa aceptar que no podemos controlarlo todo y, aun así, poner nuestra vida en manos de Aquel en quien creemos.

Mi confianza en Dios no nace de la certeza de que nunca me sucederá nada malo. Nace de la convicción de que, suceda lo que suceda, Él no me abandona.

Y esa es, para mí, una diferencia fundamental.

A Dios le entrego mi vida desde la fe. A quienes gestionan nuestra seguridad les exijo que la protejan desde la responsabilidad.

Porque la fe no puede convertirse en una excusa para la negligencia. Ni la confianza de los ciudadanos en un cheque en blanco para quienes tienen la obligación de cuidarlos.

Cuando subo a un tren, no quiero tener que encomendarme a Dios porque alguien haya decidido ahorrar en mantenimiento. Cuando me siento en un avión, no quiero que mi tranquilidad dependa exclusivamente del buen criterio de una persona. Cuando mi familia utiliza el transporte público, quiero saber que existen suficientes barreras de seguridad para que un fallo aislado no se convierta en el último viaje de nadie.

Y, por supuesto, rezaré. Porque forma parte de quien soy. Pero mi oración no exime a nadie de hacer bien su trabajo.

Siempre me ha parecido que una de las mayores manifestaciones de respeto hacia la vida es precisamente cuidarla. No basta con lamentar las tragedias, guardar minutos de silencio o pronunciar discursos cargados de emoción cuando ya no hay vuelta atrás.

El verdadero respeto por la vida comienza mucho antes. Comienza cuando alguien decide invertir en seguridad, cuando se realiza una revisión que nadie ve, cuando se atiende una advertencia aparentemente insignificante o cuando se antepone la protección de las personas a cualquier otro interés.

Ahí también hay una enorme dimensión moral.

Porque detrás de cada pasajero hay una historia. Una madre que espera. Un hijo que necesita un abrazo. Una conversación pendiente. Un proyecto que todavía no ha comenzado. Una vida entera que no puede reducirse a una estadística, a un informe o a una explicación sobre lo que salió mal.

Quizá nos estamos acostumbrando demasiado a buscar responsables después de los accidentes y demasiado poco a exigir responsabilidades antes de que ocurran.

No necesitamos una tecnología que nos deslumbre. Necesitamos una tecnología que nos cuide. Que sea discreta, eficaz, fiable y que funcione especialmente en esos momentos en los que una persona deja de hacerlo correctamente.

Por supuesto, ninguna máquina es infalible. También puede averiarse, estar mal diseñada o fallar. Sería absurdo negar esa realidad. Pero precisamente por eso la seguridad no puede depender de una única persona, de una sola máquina o de una última oportunidad. Tiene que haber protección detrás de la protección. Una segunda posibilidad cuando la primera falla. Y una tercera, si fuera necesario.

Porque cuando lo que está en juego es una vida humana, nunca deberíamos conformarnos con lo suficiente si podemos hacer algo más.

Creo en Dios y confío ciegamente en Él. Pero no creo que Dios nos haya dado la inteligencia, la capacidad de aprender y el talento para desarrollar nuevas tecnologías con la intención de que renunciemos a utilizarlas para proteger a nuestros semejantes.

Al contrario. Creo que cada avance que permite salvar una vida es también una oportunidad para ejercer nuestra responsabilidad hacia los demás.

A menudo hablamos del progreso como si consistiera en llegar más rápido, transportar a más personas o reducir costes. Para mí, el verdadero progreso consiste en algo mucho más humano: que cada persona que sale de su casa tenga las máximas garantías posibles de poder regresar a ella.

Y termino con una reflexión muy personal.

Mañana volveremos a subirnos a un transporte público. Volveremos a sentarnos sin conocer a quien conduce, sin saber quién revisó los sistemas y sin haber visto jamás a quienes diseñaron los mecanismos que deberían protegernos.

Volveremos a confiar.

Yo, seguramente, antes de emprender el viaje, volveré a encomendarme a Dios. Lo hago porque creo, porque forma parte de mí y porque sé que mi vida está en sus manos.

Pero también espero que, mientras yo confío en Él, haya muchas personas haciendo correctamente su trabajo aquí abajo.

Porque la fe puede ser ciega, pero la seguridad jamás debería serlo.

Y porque llegar a casa no debería ser un milagro.

Debería ser la consecuencia natural de haber hecho bien las cosas.

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