El pleno del jueves suponía el regreso público de la corporación municipal a las tareas de gobierno después de los ocios y los fastos veraniegos. Cabía esperar más, pero fue menos
Juan Torres.- La presencia del animoso público prometía una primera fase de preguntas cargadas de interés, pero lo cierto es que apenas un grupo de vecinas con verdaderos y patentes problemas -plaga de roedores, en concreto- aportó realidad y civismo a la sesión.
Otra vecina planteó también un serio dilema entre los alcorques y la movilidad, que parece asunto baladí, pero no lo es en absoluto para quien tiene que afrontarlo.
Hay que decir que el Alcalde atendió a unas y a otra con deferencia y cercanía, como un alcalde, para ser exactos, y no como el líder mitinero en que tiene tendencia a convertirse.
Esos minutos de las vecinas y el Alcalde fueron lo mejor de la jornada. Acaso lo único.
El Gran Vacío
Alcanzar el Gran Vacío es una de las aspiraciones del zen porque es el modo de superar las limitaciones del día a día. Nuestros munícipes también lo intentan, aunque con menos éxito.
A modo de calentamiento para alcanzarlo, la discusión sobre si los policías municipales pueden actuar en ocasiones de paisano alentaba un debate útil sobre las difusas líneas que dividen la seguridad y la libertad de los ciudadanos. No llegó lejos: se embarró pronto, en cuanto unos sacaron a pasear al delegado de Gobierno y otros a la Comunidad de Madrid.
Este cronista no consiguió saber en qué se ha quedado, pero en algo se quedó, seguramente. Y además con Más Madrid votando junto a PP y Vox, para que no se diga.
Popper y Asimov se personan
No hay duda de que Óscar Monterrubio es, de lejos, el concejal más leído de la corporación. En todos los plenos en los que interviene -e interviene en casi todos- deja siempre caer muestras fehacientes de sus muchas lecturas.
El jueves se arrancó con Karl Popper, que ya es ser valiente, aunque lo citó solo regular porque el gran filósofo austriaco nunca dijo que la objetividad no existe, sino que hay que pelearla. Enarboló también a Asimov, con más acierto, y ya todo seguido, no faltó ninguno de sus clásicos: la Constitución del 78, la Transición, y tal y pascual.
Todo eso venía a cuento de una moción presentada por el PSOE «sobre condena a toda forma de violencia y contra los discursos de odio». Formulado así el asunto, la cuestión podía haberse resuelto en un santiamén, porque esto es tanto como pronunciarse sobre la formulación tomista «haz el bien y evita el mal». ¿Quién puede estar en contra?
Pues en dilucidar esto se fue una horita del pleno. ¿Discrepancias de fondo? Solo Vox las puso, y solo Vox votó en contra, en el marco de una estudiada estrategia de alta política que a este cronista se le escapa. Los demás votaron todos a favor, pero al explicar sus posiciones dejaron bien claro que nadie estaba de acuerdo con nadie. Curiosa manera de acordar.
Pequeños detalles
Por señalar algunos detalles de interés: el Alcalde está empezando a ganar altura como orador. Su homilía (así la llamó él) cerrando el debate sobre esa moción, tuvo tonos de estadista equilibrado, apostando por un centrismo que se estila cada vez menos. Bien por él.
Se estrenó el nuevo concejal de Más Madrid, Carlos Soriano: en fin, démosle un voto de confianza, igual que a su grupo, aquejado de demasiadas incidencias recientes.
Jorge Domínguez, el aguerrido portavoz popular, envidioso acaso de la capacidad de Monterrubio, se lanza también por la senda de los clásicos e imita cada vez más a Cicerón («¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?»), quizá no en la calidad de su oratoria, pero sí en el tuteo que reparte sin medida a todo lo que se mueve.
¿Lo demás? Qué quieren que les diga: este cronista, que aspira solo a escribir de los asuntos locales, se va con la imagen de las vecinas -las de los roedores y la del alcorque- hablando con un alcalde interesado por sus problemas.
El mes que viene, más. Y esperemos que mejor.










