A escasos metros del Auditorio Nacional, el pintor colmenareño Julián Díaz —o Julián Dávila, como a él le gusta firmar su obra pictórica— inauguró el pasado sábado una nueva exposición de óleos en el espacio Nuevo Agustinache, en la mismísima calle Príncipe de Vergara.
Juan Torres.- La muestra, que permanecerá abierta durante todo el mes de mayo, reúne una quincena de piezas desarrolladas en los últimos años y permite asomarse a una etapa particularmente significativa dentro de la evolución estética del artista.
Actor, escritor, dinamizador cultural y pintor de larga trayectoria, Díaz parece haber orientado ahora su trabajo hacia una investigación cada vez más depurada sobre las posibilidades expresivas de la materia, la textura y el color.
Hacia la abstracción
Hay en estas obras una evidente voluntad de desplazamiento. Algunas conservan todavía ecos figurativos —paisajes líquidos, arquitecturas apenas insinuadas, horizontes marinos que emergen y se desvanecen simultáneamente— mientras otras se internan ya en una abstracción mucho más radical donde la pintura deja de representar para convertirse, sencillamente, en experiencia visual.
No se trata tanto de narrar como de sugerir. De hecho, buena parte de la exposición parece construirse desde esa tensión entre lo reconocible y lo disuelto, entre la memoria del paisaje y su progresiva evaporación sobre el lienzo. El espectador asiste así a una transición deliberada hacia un lenguaje más esencializado donde el gesto pictórico adquiere autonomía propia.
Necesidad de búsqueda
Durante la conversación mantenida con Colmenar al Día, Julián Díaz insistía varias veces en una idea: la necesidad permanente de búsqueda. “Llevo muchos años investigando”, explicaba, “porque al final un pintor se define por su capacidad para construir un lenguaje reconocible”. El artista evocaba entonces la influencia decisiva que han tenido sobre él figuras como El Greco, Joan Miró o Antoni Tàpies, creadores cuya personalidad estética resulta inmediatamente identificable.
“Uno contempla una obra suya y sabe automáticamente quién la ha pintado”, señalaba. Preguntado acerca de si existe ya un “lenguaje Julián”, respondía con prudencia y cierta ironía: “Creo que empieza a existir algo de eso, pero precisamente ahí continúa mi trabajo”.
Buena persona
La inauguración reunió a un pequeño pero fiel núcleo de amigos, admiradores y coleccionistas en un ambiente cercano y deliberadamente ajeno a las solemnidades del circuito galerístico convencional.
Una de las decisiones más comentadas de la noche fue precisamente la voluntad del artista de mantener precios muy accesibles para facilitar la circulación de sus obras. “A estas alturas”, comentaba entre sonrisas, “casi prefiero que los cuadros estén repartidos por muchas casas antes que convertirlos en piezas inaccesibles”.
Y es que, como declaró también a este periódico, «ser artista me importa, pero me importa más ser buena persona».
Universidad Popular

A lo largo de la velada, Díaz recordó también el papel decisivo que tuvo en su formación artística la Universidad Popular de Colmenar Viejo, donde inició sus estudios de arte antes de convertirse posteriormente en profesor y monitor.
Una experiencia que, según reconoce, marcó profundamente su manera de entender la creación artística como un proceso abierto, colectivo y en permanente transformación.










