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Julián Díaz: «En Colmenar, todos fuimos alguna vez forasteros»

Foto- Yolanda Hansa

Actor y artista plástico, Julián Díaz es la pieza más heterodoxa de la extensa saga colmenareña de los Pradera, y, a su «edad indefinible» sigue esforzándose en combinar su relación con la localidad y sus incansables ganas de aprender.

JT.- No es fácil conocer los detalles de la vida de Julián Díaz. No porque los oculte, sino porque da tantos que se terminan perdiendo, enmarañados.

Hace más de medio siglo que recaló en Colmenar Viejo procedente de un pequeño pueblo abulense, Villar de Corneja. No vino solo, sino todo lo contrario: de manera escalonada aquí se fueron sumando, junto a algún tío, los padres y los ocho hermanos, de los que Julián, con doce años, era el menor.

Todos forasteros

«Cuando llegamos, Colmenar Viejo era un pueblo pequeño. Creció rápido y de forma muy espectacular porque en aquellos años se vio pronto que era fácil ganar dinero. De manera que, por mucho que se presuma de raíces colmenareñas, casi todos los que estamos aquí en algún momento fuimos forasteros», se explica.

«Currar, currar y currar», eso fueron los primeros años de la vida de Julián. Supermercado (los Pradera son conocidos así por el nombre que dieron a la tienda de Dos Castillas), telas, venta ambulante… «Con aquella vida no tenías ninguna preocupación: trabajabas de la mañana a la noche y dormías reventado. No había más».

Una familia de 62

Los Pradera son hoy 62 individuos, ni uno más ni uno menos. A Julián -el único soltero de los ocho hermanos primigenios- le cuesta recitar de seguido la larga retahíla de sobrinos, sobrinos nietos y sobrinos bisnietos, con los que, pese a la dificultad numérica, mantiene una excelente relación.

«Menos yo, que estoy siempre a caballo entre Colmenar y Madrid, todos los demás viven aquí. Colmenar Viejo ha agarrado tanto en los Pradera que hasta para los matrimonios se han esforzado en buscar parejas de aquí». Julián tiene especiales palabras de afecto para su hermano Fausto, un hombre que, sin posibilidades de formación académica, se ha esforzado por escribir y documentarse en todo lo relacionado a su pueblo adopción.

Profesor y pedagogo

En cuanto pudo, Julián fue un convencido de que «necesitaba vivir» y se puso a estudiar de joven todo lo que no había podido estudiar de niño. Culminó la enseñanza primaria, hizo el bachillerato y se licenció en Historia del Arte por la Universidad Autónoma.

Los primeros años ochenta encontraron a nuestro protagonista apasionado por sus estudios y por la vida fascinante y bullanguera del Madrid de la movida. Tuvo una primera etapa fascinado por la docencia, lo que lo llevó a ser profesor durante un tiempo de la Universidad Popular de Colmenar Viejo, donde también ejerció como guía cultural, o a organizar cursos de verano en colegios.

Convertirse en actor

De aquella etapa y de aquella vocación pedagógica guarda un excelente recuerdo, pero en un momento dado descubrió el trabajo actoral y lo dejó todo para estudiar interpretación en la escuela de Cristina Rota, con quien estuvo desde 1990 hasta 1994.

«Aquellos fueron años memorables, no sé si los mejores, porque los mejores años son los que se viven en cada momento, pero sí años de muy grato recuerdo». Se pone a rememorar, y no para: «Mi primer trabajo de figuración, en cine, fue en Los Tres Mosqueteros y desde ahí ya todo seguido».

Cine, teatro, televisión. Series como Farmacia de guardia («Yo hacía de mudo en la serie, así que era fácil aprender el papel»), Canguros, Lleno por favor, con El Fary, Petra Delicado, al lado de Ana Belén, Policías, La casa de los líos

En cine, su presencia en Ay, Carmela le permitió trabajar con Carlos Saura, pero a Julián le marcó especialmente su papel en Dile a Laura que la quiero, la película de José Miguel Juárez, que le permitió trabajar con Jorge Perugorría y Ana Alvarez.

De aquella experiencia surgió también el encuentro con la fotógrafa Isabel Muñoz, para la que posa en distintas ocasiones, dentro de otra vertiente de su actividad que no ha abandonado nunca. «Trabajar para Isabel es un lujo que nunca le podré agradecer lo suficiente».

Ópera, teatro, cabaret…

Incluso en la ópera se ha hecho hueco. En el Teatro Real, Julián Díaz fue durante bastante tiempo uno de los figurantes habituales en óperas emblemáticas: Clistemestra, Cavalleria Rusticana, Ariana of Naxos, o «la maravillosa El triunfo del tiempo y el desengaño, de Handel, donde los actores éramos muchos y jugábamos un papel muy destacado».

Y añade: «En teatro… hay tantas cosas. Recuerdo por ejemplo El hombre que voló, de Alfonso Zurro, en el Carlos III de El Escorial, o La lección, de Ionesco, que montamos en la Sala Triángulo, o la existosa y ahora tan actual Me come Alcalá o Alcalá me come, de Víctor Contreras».

Ha sido productor de algunas obras y autor de cuatro títulos que han funcionado muy bien en la salas off de microteatro, como Hermanas y Amor de madre, más las que están en cartera y que terminarán formando un libro. «Pero también he sido monologuista y me he lanzado al cabaret: Cenicienta la nuit, por ejemplo, fue un espectáculo maravilloso que montamos tres amigos y lo petamos «.

¿Hay algo en la escena que no hayas hecho? «Buf, responde. Montones de cosas. Me queda casi todo por hacer. Y me queda, sobre todo, la gran obra que me termine de consagrar».

Pintor en búsqueda constante

Durante todos estos años, Julián ha combinado el trabajo de actor con la pintura. «En este terreno he sido más autodidacta», explica. «Me ayudó mucho Rosa, en la Universidad Popular, para arrancar, pero luego me he ido yo formando a base de ver todas las exposiciones posibles».

Y explica: «Empecé con una pintura realista, como corresponde a alguien que empieza, pero ahora lo que me gusta es trabajar con sensaciones, que unas veces son más abstractas que otras, con elementos que se me aparecen aquí allá y que yo me empeño en trasladar al lienzo».

La obra pictórica de Julián Díaz ha estado presente en muchas salas y galerías -recuerda con especial cariño su exposición en el Museo de La Celestina-, pero también en bares, restaurantes o lugares de copas. «No es fácil vender, pero hay que estar ahí».

Expuso por última vez en Colmenar hace dos años, y tiene previsto volver en 2026 con obra nueva. «Los cuadros en casa no los ve nadie, así que hay que moverlos».

Ganas de hacer

Julián Díaz no se aferra al pasado, aunque está orgulloso de él. Se ve «con mucha energía y ganas de hacer cosas». «Soy un creador -se autodefine- y voy a seguir ejerciendo».

Como colmenareño, se alegra de saber que hay previsión de reabrir un cine en Colmenar («llegó a haber cuatro, pero yo no podía ir porque estaba siempre trabajando») y se enorgullece de que todos los miembros de la siguiente generación de los Pradera hayan estudiado.

Termina haciendo un repaso de sus sobrinos y sus sobrinos-bisnietos y, sí, se acuerda bien de todos ellos. ¡Y sin parar de hablar mientras tanto!

* Los cuadros de este reportaje son todos de Julián Díaz, fotografiados por el propio autor

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