De los muros de la infancia a las subastas europeas, la trayectoria de Cober (Adrián Fernández) es la de un artista urbano que ha evolucionado tanto como su relación con Colmenar Viejo, el municipio donde creció y al que nunca termina de pertenecer del todo
JT.– La historia de Cober (pronunciese Cóber: «Es que las tildes no van bien con el arte urbano») empieza, como la de tantos grafiteros, entre amigos y paredes que ofrecían espacio para la creatividad y la transgresión. “Empecé pintando con 14 años, cuando lo de las multas ni lo piensas…”, recuerda. Aquellas primeras firmas, murales ilegales y tardes de pandilla, pronto dieron paso a una búsqueda más personal y legal: el arte urbano entendido como muralismo, alejado del grafiti clásico pero sin renegar de su espíritu.
Con el tiempo, Cober ha encontrado en la pintura de retratos—especialmente de mujeres, de distintas procedencias—una forma de expresión que combina técnica y emoción, y que ha trasladado del spray al acrílico y al lienzo. “Ahora me siento más cómodo pintando en casa, sin calor ni mascarilla. Es parte de una evolución: el arte urbano es efímero, pero el cuadro te permite conservar la obra”.
Aunque profesionalizado (“soy autónomo, vivo de esto”), mantiene un pie en la calle y otro en el circuito convencional, subastando sus obras a través de plataformas internacionales y vendiendo principalmente fuera de España. Su formación, curiosamente, no es artística sino técnica: es ingeniero mecánico con máster en ingeniería industrial, pero en casa siempre hubo pintura y creatividad. “Mi madre y mi hermana siempre han pintado y mi padre es bueno con el dibujo técnico. En mi hermano he tenido uno de mis fan más incondicionales. Al final, todos en la familia tenemos una rama artística, cada uno a su manera”.
Colmenar Viejo: entre la pertenencia y la indiferencia institucional
Cober se considera colmenareño, aunque admite que su vínculo con el municipio ha sido, por momentos, distante. Aunque la mayoría de sus primeras obras surgieron en Colmenar, casi todas fueron fruto de iniciativas privadas o encargos particulares, ante la falta de apoyo institucional al arte mural. “Acabo de terminar un encargo para el Club de Boxeo Ramos Savín, pero no descarto que algún día surja un proyecto municipal”, comenta. La comparación con otros municipios como Tres Cantos o Soto del Real, donde el muralismo cuenta con festivales y una comunidad activa —gracias en parte a promotores como El Rojo, con quien Cober ha colaborado en varias ocasiones— es inevitable: “Aquí en Colmenar cuesta más, no sé por qué, pero no apuestan”.
En Colmenar, sus murales se reparten entre espacios privados, puentes y algunas instalaciones deportivas. Solo uno de sus trabajos contó con cierta intermediación municipal, y muchos de sus murales, sobre todo los realizados en puentes, acaban tapados con el tiempo o por otras intervenciones. “Tengo más de diez murales aquí, si sumamos los de los puentes, aunque muchos desaparecerán. Es lo que tiene el arte efímero”.
Códigos no escritos
Pese a todo, Cober defiende la importancia de mantener viva la cultura urbana local y se explaya en explicar los códigos no escritos del muralismo: en los puentes, pintar encima es habitual, aunque cabe esperar que sea para mejorar lo que queda debajo; en obras encargadas o con permiso, es impensable. “Todo depende del lugar y el contexto. Pero ahora mismo hay poca gente pintando en Colmenar. Antes había más movimiento, quizá es cuestión de ciclos”.
Hoy, Cober vive de su arte, compaginando murales y cuadros, apostando por la evolución y abierto a nuevos caminos. Pero Colmenar Viejo, con sus idas y venidas, sigue siendo el fondo de su paisaje personal y creativo.










