El artista cántabro Diego Naret (nombre artístico) presenta por primera vez en Colmenar Viejo sus fascinantes esculturas de madera. La exposición, que muestra una veintena de piezas de diferentes tamaños (desde los treinta centímetros hasta los tres metros de altura), podrá verse en la Sala Picasso del 26 de septiembre al 27 de octubre.
BT.- En un rincón de Cantabria —o más bien, en esa frontera entre la tierra real y el mundo de las leyendas— surge un proyecto escultórico que mezcla memoria, naturaleza y mitología. Diego tiene 45 años y está construyendo poco a poco un universo de seres de leyenda, ensamblando madera que encuentra en paseos por bosques y playas, devolviéndole vida a lo que estaba siendo devorado por el olvido.
“Cada una de las esculturas tiene una historia propia dentro de una historia general que todas comparten… los caminos de sombras”, nos cuenta en exclusiva para Colmenar al Día.
El artista empezó de lleno hace unos cinco años, tras colaborar durante una década con las fiestas mitológicas del Barriopalacio (Cantabria), donde desde niño participaba haciendo ambientación con luces, casitas y pequeñas figuras. Poco a poco, el proyecto fue creciendo hasta convertirse en un universo autónomo de esculturas.
Mitología local como raíz
La mitología cántabra desempeña un papel esencial en su trabajo. En Cantabria existen leyendas de anjanas, trasgos, culebres, ogros, sirenucas, entre otros seres que habitan bosques, ríos y cuevas —una mitología viva aún hoy en rutas y festividades regionales.
Esa presencia mitológica inspira al escultor: su propuesta no es una recreación académica, sino una interpretación poética de esas formas que parecen emerger de troncos, raíces, ramas. Él camina por montes y playas, observa la forma que sugiere una cara, un brazo o una silueta, recoge maderas de diferentes especies —avellano, nogal, castaño, incluso palmeras— algunas arrastradas por el mar, otras caídas por el bosque. Ensambla, reinterpreta, trabaja con respeto hacia la madera como materia viva. Lo que estaba degradado lo vuelve parte de algo vivo otra vez.
“Aprovecho madera que se va a pudrir… cuanto más podrido está, más bonito puede resultar. Lo vuelvo a la vida con productos y detalles artesanos.”
Esta forma de trabajar lo posiciona en un punto que lo convierte a la vez en artista, artesano y medioambientalista. Su obra no solo es estética: reaprovecha materiales naturales, revaloriza lo que la naturaleza abandonó, y recuerda al público que los bosques y las playas guardan historias si sabemos mirar.
Un desafío de espacio y reconocimiento
La creación escultórica exige espacio: muchas piezas superan los 2 metros de altura, otras alcanzan los 4 metros de largo. Hoy dice estar bloqueado por la falta de sitio donde guardarlas y trabajarlas. Tiene varias piezas preparadas que no ha podido realizar por no disponer de taller o espacio adecuado.
“Puedo trabajar esto para siempre, lo que me impide seguir es el espacio. Tener dónde guardarlo y fabricarlo.”
Por el momento, no ha vendido ninguna obra; su objetivo no es tanto el negocio como la visibilidad y el reconocimiento. Sueña con que sus piezas puedan situarse en lugares públicos de cierto peso, como museos u otros espacios culturales. Ha tenido interés de compra para algunas piezas, pero el reto logístico es grande.
Un vínculo significativo con Colmenar Viejo se abrió hace unos años cuando una exposición de fotografía —en la que él colaboró con piezas de ambientación— llamó la atención de galeristas locales. A partir de ahí se abrió un canal para mostrar su trabajo también fuera de Cantabria. En la actualidad, una profesora de un colegio local ha manifestado interés en organizar visitas guiadas con sus esculturas.
Más que arte: memoria, paisaje y magia
Este proyecto escultórico es un puente entre el pasado mítico de Cantabria y el paisaje físico que lo rodea. No pretende recrear mitos tal cual, sino evocarlos: que una raíz sugiera el cuerpo de un ser legendario, que una silueta de musgo sugiera alas invisibles, que una escultura dialogue con el entorno forestal.
Mientras tanto sigue caminando por bosques y playas, recogiendo fragmentos, ensayando nuevas piezas, planeando usar otros materiales como piedra o metal para futuras obras exteriores.
En sus propias palabras:
“Las piezas están por todos lados, las veo… el problema es encontrarlas, traerlas, inventar el espacio para mostrarlas.”
Este proyecto está lejos de tener un final: es como una narrativa en desarrollo, emergente, que crece con cada vuelta que da al monte o al litoral. Estas esculturas son la prueba de que se puede traer un poco del mito cántabro al corazón de Madrid.










