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Capítulo II – El chico del cuaderno azul

Subió en la parada de la Avenida de Madrid, con una mochila colgando de un solo hombro y la mirada escondida tras unos cascos grandes. Tenía unos 16 o 17 años. Al sentarse junto al protagonista, sacó un cuaderno de tapas desgastadas, color azul, y lo abrió con cuidado, como si estuviera abriendo una parte de sí mismo.

—¿Le molesta si dibujo? —preguntó, sin quitar la vista del papel.

—Haz lo que necesites —respondió el otro, tranquilo.

Durante unos minutos, solo se oyó el zumbido del motor y el leve trazo del lápiz sobre el papel. De vez en cuando, el chico escribía palabras sueltas entre los dibujos. Algunas eran como relámpagos: “NO”, “VOLVER”, “MADRID”, “EL DÍA QUE ME ESCAPÉ”.

—Tengo una prueba de acceso a una escuela de arte —dijo de pronto—. Pero mi padre dice que del arte no se vive. Que eso es de locos.

El protagonista no contestó. Solo lo miró con atención mientras el chico pasaba las páginas, llenas de figuras, rostros, y paisajes imposibles.

—Dibujo desde que tengo memoria. Es lo único que me calma. Pero cada vez que voy a dar un paso… me lo pienso tanto que me lo quito.

En una de las páginas, el hombre se detuvo. Allí, dibujada con un detalle sorprendente, estaba la imagen de la Virgen de los Remedios. No dijo nada, pero bajó la mirada con un respeto que el chico notó.

El autobús descendía hacia Madrid, ya cerca de la estación de La Paz. El chico suspiró y murmuró:
—Me bajo en la siguiente.

—¿Me deja ver una página? —preguntó el hombre.

El chico le tendió el cuaderno, dudando. El otro lo miró en silencio. Con suavidad, como quien deja una semilla en tierra fértil, introdujo una pequeña tarjeta entre las hojas del cuaderno. Luego lo cerró despacio y se lo devolvió.

—Del arte no se vive… pero sin arte, ¿para qué vivimos?

El chico bajó la vista, pero no para esconderse. Sonrió, por primera vez en todo el viaje.


Se levantó y bajó del autobús en La Paz. Pero al caminar unos pasos, algo se deslizó de entre las páginas y cayó al suelo. Lo recogió con extrañeza: era una tarjeta.

Juan Montes Heredia
Director de Arte – Escuela de Talentos
[Dirección]
[Teléfono]
A mano, con tinta azul: “Llámale. Dile: Soy yo.”

El chico levantó la vista. Buscó al hombre a través de la ventanilla. Él seguía allí, mirándolo. Le sonrió. Y con dos dedos, hizo el gesto de marcar un número.

—Gracias —susurró el chico, en voz baja, para sí mismo.

Y se guardó la tarjeta como quien acaba de recibir una llave.

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