
Capítulo XX – Final de trayecto
Cada mañana, desde hace años, cojo el 722. Subo en Colmenar, a veces en Tres Cantos. El autobús siempre llega puntual —o casi—. Ya conozco los rostros de siempre, las

Cada mañana, desde hace años, cojo el 722. Subo en Colmenar, a veces en Tres Cantos. El autobús siempre llega puntual —o casi—. Ya conozco los rostros de siempre, las

Hay silencios que no pesan… y silencios que piden a gritos que alguien los rompa.Ese día, el 722 olía a lluvia vieja y a frenos cansados. Afuera, la carretera brillaba

Se subió en la parada de siempre, con su gorra gastada y una bolsa de tela colgando del hombro. Apenas me vio, sonrió y dijo:—Ahí está mi filósofo favorito.Yo me

Esa mañana llegué con tiempo a la dársena. Allí estaba Juan, el conductor del 722, apoyado en el lateral del bus, con esa calma previa a la salida. Me acerqué

Es curioso… Justo al día siguiente de ver a las chicas que se dan la mano en el pasillo del 722, conocí a dos nuevos pasajeros. Puede que sean de

Como todos los días, mi niña favorita, Ana —pues ya sé su nombre— se sube en la misma parada de los Frailes. Se sienta casi siempre en el mismo sitio,

Subió como cada día en Tres Cantos, puntual, sin mirar a nadie. Iba trajeado, con corbata azul, maletín de cuero marrón gastado y gafas de pasta que nunca bajaban al

Iba por la M-607, como cada día. Pero ese martes volvió antes. No se encontraba bien. La cabeza le daba vueltas y el cuerpo pedía cama. A la altura de

Se subieron en la parada del centro, como cada mañana. Un matrimonio sudamericano, él con chaqueta de obra, ella con su mochila y un tupper mal envuelto en papel aluminio. Se

El 722 venía medio vacío esa mañana. Ella subió en la parada de siempre, con paso rápido y la mirada baja. Llevaba el móvil en la mano y el alma en
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