ColmenarAlDía

Capítulo XIX – El día que el bus me pidió que interviniera

Hay silencios que no pesan… y silencios que piden a gritos que alguien los rompa.
Ese día, el 722 olía a lluvia vieja y a frenos cansados. Afuera, la carretera brillaba como un espejo roto; adentro, cada pasajero llevaba su pequeño mundo colgado de la mirada.

Él estaba ahí, como siempre por la tarde: el rubio de los pinganillos. No escuchaba nada, lo sé, porque los que se aíslan de verdad no necesitan música. Miraba por la ventana con la atención de quien intenta encontrar respuestas en un paisaje que pasa demasiado rápido. Sus manos descansaban sobre las rodillas, quietas, como si temiera mover algo y romper ese frágil instante.

Tres paradas después subieron ella.
Rubia, ojos claros, un bolso pequeño y una forma de caminar que, aunque no lo supiera, encendía luces en las miradas ajenas. No dudó mucho: se sentó cerca, lo bastante como para verlo de lado, lo bastante lejos como para fingir que no era a propósito.

Y ahí empezó el baile de las miradas que no se cruzan del todo.
Él, siempre hacia afuera, pero con el rabillo del ojo buscándola.
Ella, jugueteando con la cremallera del bolso, mirando de reojo y volviendo al móvil sin desbloquearlo siquiera.

El motor del bus rugía, y yo sentía que cada bache era un compás que les empujaba un poco más cerca.
Lo vi claro: si nadie hacía nada, bajarían en sus paradas como siempre, llevándose a casa la historia que nunca pasó.

Me giré hacia él con una excusa ridícula:
—Oye, ¿este bus para en Plaza de Castilla o solo hasta Tres Cantos?
—Hasta Plaza de Castilla —respondió, algo sorprendido.
—Perfecto… —y me giré hacia ella—. Es que él conoce mejor las rutas que yo, seguro que si te pierdes, te ayuda.

Ella sonrió. Él se ruborizó, pero la miró por fin, de frente.
—Sí… —dijo él—. Y si quieres, te aviso antes de llegar.

En ese momento, los dos soltaron una risa breve, de esas que se escapan cuando algo encaja sin que uno se lo proponga.
—Pero si no vamos a Plaza de Castilla… vamos a Colmenar Viejo —dijo ella, mirándolo con media sonrisa—. Y tú ya sabes el camino… Ya nos conocemos, eras un guasón.
—Puede… —contestó él, dejando que la pausa hablara—. Pero, al final, el destino es el mismo: vosotros, yo… y este asiento que parece empeñado en que coincidamos.

Ella le sostuvo la mirada, y no sé si era por el vaivén del bus o por otra cosa, pero juraría que, a partir de ahí, el viaje fue más corto.

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