Se subió en la parada de siempre, con su gorra gastada y una bolsa de tela colgando del hombro. Apenas me vio, sonrió y dijo:
—Ahí está mi filósofo favorito.
Yo me reí. Nunca supe muy bien si me lo decía en serio o en broma, pero lo acepté como un título honorífico.
Se sentó a mi lado y, sin esperar a que el bus arrancara, soltó:
—Hoy vamos a hablar de Spinoza.
—¿Spinoza? —pregunté, intentando recordar las lecciones de filosofía del instituto—.
—Sí —respondió—. El hombre que dijo que Dios no es un señor con barba en el cielo, sino la propia naturaleza. Que todo está conectado. Que no hay milagros, solo leyes que aún no entendemos.
Durante el trayecto, me habló de cómo Spinoza fue expulsado de su comunidad por pensar diferente, y de cómo siguió defendiendo que la felicidad no es un regalo, sino un trabajo diario.
—Lo mismo pasa aquí —me dijo señalando por la ventana—. No esperes que el mundo te dé la razón. Haz tu vida, piensa por ti mismo, y si pueden aprender algo de ti, que lo hagan.
Ya cerca de su parada, abrió su bolsa y me dejó un libro en las manos. Lo miré: Friedrich Nietzsche – Más allá del bien y del mal.
—Uf… hace mucho que lo leí —dije—. Pero le daré una nueva oportunidad y te lo devuelvo.
—Gracias.
—Gracias a ti, filósofo de la vida.
Mientras lo veía bajar, pensé que el 722 es más que un autobús. A veces es un aula. Y algunos viajes, lecciones que no se olvidan.










