Esa mañana llegué con tiempo a la dársena. Allí estaba Juan, el conductor del 722, apoyado en el lateral del bus, con esa calma previa a la salida. Me acerqué a charlar, como tantas veces, de la vida, del pueblo, de lo que se oye y se ve.
Tras unos minutos, las puertas se abrieron. Entramos los dos, él a su asiento, yo al mío, justo detrás, para seguir la conversación. Íbamos comentando la actualidad, como si el tiempo y el trayecto fueran infinitos. Así hasta llegar a Tres Cantos, cuando Juan me suelta:
—Oye… ¿no has notado nada raro?
—¿Raro? No. ¿Qué tendría que notar?
—Pues mira atrás. Fíjate en los pasajeros.
Me giré y vi mochilas, botas de montaña, caras que no me sonaban. Miré otra vez a Juan.
—Pero… ¿qué hemos hecho?
—Hemos cogido otra línea —respondió él, con media sonrisa—. El 724.
—¿Y eso?
—Te he dejado que siguieras, ya que vamos a pasar por tu parada. Pero que sepas que yo sigo más allá, he cambiado el turno a un compañero que me lo pidió… otro que le ha dado envidia y se ha estrenado como padre.
Nos reímos. Seguimos hablando del cambio que puede provocar un despiste.
—Mira —le dije—, lo mismo pasó con Fleming. Dejó unas placas olvidadas y terminó descubriendo la penicilina. Un descuido… y salvó millones de vidas.
—O como aquel soldado que avisó tarde a Napoleón del avance enemigo —añadió Juan—. Un minuto antes o después… y la historia habría cambiado.
Entonces recordé:
—Pues te diré que no es la primera vez que me pasa. Un día tenía que ir a Móstoles desde Atocha y me confundí de vía. Me di cuenta en Santa Eugenia… y ya puesto, me dije: “Vamos a seguir una estación más y allí me doy la vuelta.” Al final me lo pasé bien… y me reí de mí mismo.
Porque sí, un error así te puede cambiar el día… la vida… incluso la muerte, según como se mire. El azar, la suerte o el destino tienen sus cosas.
Esta vez, sin complicaciones. Solo una anécdota más para la caja de historias del 722.










