PARTE I
Carlos Blázquez es sobradamente conocido para todos los colmenareños. Así que no necesita presentación, y eso que nos ahorramos.
Una entrevista de Juan Torres
El despacho del Alcalde no es grande, ni lujoso, ni llamativo. Nos separa una mesa huérfana de papeles, porque Carlos Blázquez ha dado el salto digital sin miedo alguno, y se maneja con un potente y vistoso ordenador de mesa y un moderno cuaderno digital de tinta electrónica. (Bien es cierto que, a veces, como se ve en la foto, echa mano de planos de los de toda la vida, a los que sujeta con libros de los de toda la vida).
Su equipo de prensa nos ha advertido de que nos ajustemos a un tiempo preciso y corto, así que entramos en materia sin apenas dilaciones, aunque luego, la generosidad del alcalde y su equipo nos permitió duplicar la duración de la entrevista.
Y empezamos por donde había que empezar: por el principio.
P. Usted conocía el Ayuntamiento por dentro y llevaba una trayectoria municipal larga. ¿Qué cambia cuando se sienta en el sillón de alcalde?
R. El paso más grande… yo siempre lo digo… es el precipicio que hay entre ser teniente de alcalde y ser alcalde. Ahí te quedas sin alguien encima. Ya no puedes mirar a alguien cuando tienes una duda; ya no hay nadie con quien consultar cuando hay un problema; ya no hay alguien que amortigüe una decisión difícil. Y, de repente, estoy yo y no hay nadie más ahí.
P. ¿Es el mismo sentimiento que se expresa en la miniserie “La última llamada”, donde los expresidentes de gobierno hablan de esta situación?
R. Sí, la misma. No había caído en la semejanza, pero es exactamente eso. Saber que no hay nadie más a quien llamar.
P. ¿Y eso se nota también en lo personal?
R. Se nota muchísimo. De repente todas las cámaras giran hacia ti. En la cola de la compra, en la fila del Aquópolis con tus hijos… y también fuera. Me pasó, por ejemplo, en una ciudad italiana: “Alcalde…, ¿usted por aquí?”. Eso tiene cosas buenas, claro, pero también muchas malas: nunca actúas libremente, siempre condicionado por cómo le mira la gente, con buenos ojos, malos ojos o regulares. Al final dejas de ser como eras antes.
P. ¿Se acostumbra uno?
R. Se acostumbra, pero no del todo. Porque hay un punto de exposición permanente. Y luego está la responsabilidad: el peso real de que todo, al final, acaba llegando a tu mesa.
P. Colmenar supera los 60.000 habitantes. ¿Qué lectura hace usted?
R. El número es simbólico. Para mí fue más emblemático el salto de 50.000 por el cambio jurídico y de categoría que implica. Pero 60.000 consolida una tendencia: Colmenar Viejo lo eligen muchas familias para venir a realizar su proyecto de vida. Familias jóvenes que llegan de distintos sitios: no solo de municipios cercanos, también de Madrid o de otros ejes. Por precio, por el enclave medioambiental… No es tanto decir “ya somos 60.000”, sino que hay 60.000 razones por las que las familias han elegido hacer su vida aquí.
P. Hay quien usa ese crecimiento con una etiqueta: “ciudad dormitorio”.
R. Esa expresión pretende denostar una realidad. A todos nos gustaría vivir y trabajar en el mismo municipio, pero hoy eso es difícil. Toda la corona metropolitana funciona así: salen a trabajar por la mañana y vuelven por la tarde. Tres Cantos, Alcobendas… Colmenar. Ese concepto, que se creó hace muchos años, cuando la periferia de Madrid empezó a crecer de manera exponencial, está ya superado por la propia sociedad.
P. Lo que hay detrás de esa crítica es otra pregunta: ¿hay equipamientos suficientes?
R. Hay que distinguir entre excelencia y tener cubiertas las necesidades. Yo creo que Colmenar tiene cubiertas sus necesidades educativas, de salud ordinaria, de seguridad… con una nota bastante alta. Luego, todos queremos más; es humano: cuanto más tenemos, más queremos, y nos hemos acostumbrado a un nivel de exigencia alto.
P. Pero ¿se pide mucho?. Por ejemplo, accesos y movilidad: estos meses han sido un tema constante.
R. Sí, y ahí aparecen gurús, adalides, gente que da recetas sin haber hecho números. Con las obras del tercer carril —que vienen a solucionar una necesidad— cuando hay un accidente se usa el ventajismo para decir “hace falta una salida nueva” o “hay que cerrar la M-50”. Yo digo: analicemos objetivamente. ¿Qué culpa tiene la obra de un accidente que ocurre antes de la zona de obra? ¿Qué solución real da cerrar la M-50? Eso hay que explicarlo, cuantificarlo.
P. Usted siempre dice que le gusta poner cifras encima de la mesa.
R. Porque decir es fácil. Aquí hubo quien dijo, en una campaña electoral, que iba a traer Cercanías a la plaza del pueblo. Yo le pedí un número “por encima” a un ingeniero: 80–100 millones. El presupuesto anual del Ayuntamiento ronda 65 millones. La zona deportiva que queremos hacer son 24 millones. El Centro Cultural de la Estación, 15. Entonces… pedir es muy sencillo. La cuestión es si esa necesidad se puede cubrir y si es posible cubrirla.
P. Se lo planteo de manera muy concreta, a pie de calle: barrios nuevos donde “no se puede ni comprar una barra de pan”.
R. Yo parto de una idea: hay empresarios permanentemente dispuestos a invertir para obtener un beneficio. Si no hay una panadería abierta… aceptando esa premisa, quiere decir que no es negocio. Yo viví 15 años en el barrio de la Estación; esa queja se escuchó durante mucho tiempo y al final abrió un comercio y se podía comprar pan.
P. Pero también puede ser que el planeamiento no lo haya dejado fácil: falta de locales, o de autorización de usos…
R. El planeamiento deja reservas: viales, usos, porcentajes… eso se calcula. Pero luego manda la realidad y la escala. A veces se ven “unas cuantas casas” y se construye un modelo mental en el que “tiene que haber de todo”. Pero si hay 200 viviendas ejecutadas, dos adultos… son 400 personas. ¿Eso da para bares, restaurantes, panadería…? Muchas veces demandamos servicios cuando, si fuéramos empresarios, no estaríamos dispuestos a ofrecer el servicio todavía.
P. La institución, en todo caso, tiene que prever.
R. Sí: dejarlo fácil. En eso estoy de acuerdo. Lo que pasa es que esto de “obligar” a promotores a hacer locales o a construir determinadas cosas… no me gusta. Creo en el libre mercado, matizado. Y además hay vecinos que tampoco quieren tener debajo según qué usos por convivencia.
P. Usted liga mucho el futuro del municipio al urbanismo.
R. Totalmente. El urbanismo modela la vida. Y yo sí tengo un objetivo: transformar un municipio buscando no solo que sea un destino familiar, sino que sea un destino empresarial. Que vengan empresas. Que se generen oportunidades y empleo aquí.
P. ¿Eso en qué se traduce, en medidas concretas?
R. En tener suelo, en tener planeamiento, en tener infraestructuras y en saber qué tipo de empresas pueden encajar. Y por eso estamos impulsando un estudio importante —de más de medio millón de euros— para comprobar no solo que dibujemos un plano bonito, sino si las empresas están dispuestas a venir. Está en proceso: concurso, plazos… y luego a trabajar sobre resultados.
P. ¿Qué sectores le interesan?
R. Se habla de farmacéuticas, logística, biotecnología… pero, insisto, con soporte jurídico, técnico y económico.
(CONTINUARÁ MAÑANA)
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