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Pleno de febrero || Más de seis horas, un solo aplauso y varias yugulares

Pleno de febrero. Foto de Diego Pedrosa

A las cinco y media de la tarde empezó el turno de preguntas de los vecinos, y pocos minutos antes de las 12 de la noche los concejales se retiraban a sus aposentos como quien cierra un monasterio: en silencio solemne, mirada al infinito y la dieta ganada a pulso. Más de seis horas de pleno tenso e intenso: Colmenar, esa serie que no acaba nunca

Juan Torres.- El clásico turno de preguntas venía precedido de la concentración, a las puertas del Ayuntamiento, de la Plataforma por la Escuela Pública, que no reunió a demasiada gente, pero aportó animación.

Dentro, el público llenó los asientos y alguien se quedó de pie, que es el equivalente municipal a colgar el cartel de “completo”. Las preguntas fueron un surtido de ultramarinos: contaminación acústica, talas, orgánica, la N-607, el colegio concertado… y una joya insólita: una felicitación al consistorio por lo bien que funciona el wasap municipal. Sí, una felicitación. La democracia es esto: pasas del “¡no hay derecho!” a “¡oye, el wasap, de lujo!” en menos de un minuto.

Eso sí, cuando acabó el turno del público, se oyó también el mantra inevitable —ya clásico, ya litúrgico— de quien sale con prisa y entra en la historia: “¡Qué vergüenza! Van a seguir haciendo lo que quieran”. Frase que, por cierto, se pronuncia igual en el siglo XXI que en el XIX, solo que antes se decía sin cobertura.

Aplauso unánime y nuevo reglamento

Ya metidos en la estricta faena municipal, saltó el único aplauso unánime de la tarde. Ocurrió pronto, como para que unos y otros se confiaran. El pleno saludó la toma de posesión de Alberto Bartolomé, nuevo concejal de Ganemos Colmenar, comunista confeso y, por unas décimas de segundo, héroe transversal. Promesa, insignia, asiento. Fin del idilio. A partir de ahí, la unanimidad se fue a vivir a otro municipio.

Con el nuevo reglamento apareció la primera gran discusión sobre asuntos de alto voltaje para el gran público: cuántas veces se puede intervenir, cuánto tiempo, y demás materias arcanas, del tipo “metafísica del micrófono”. El cronista intentó seguir el argumento, pero solo obtuvo una certeza: al Alcalde le corría prisa aprobarlo y, por más que se lo preguntaron, no explicó el porqué con la claridad que merecen las prisas.

La izquierda votó en bloque, el gobierno votó como gobierno y el reglamento salió adelante sin consenso, que es una manera muy extendida de llamar a “sale porque yo lo valgo”.

Suelo público para colegio privado

El plato fuerte —el que había llevado gente a la calle— era la cesión gratuita de una parcela extensa para construir un colegio concertado. Se presentó con ese estilo jurídico que tanto tranquiliza: el suelo no se entrega exactamente a quien lo recibe, sino que va primero a la Comunidad de Madrid para que luego lo entregue a la entidad privada, y entonces parezca que “bueno, no es exactamente…”. Un laberinto con salida única.

La izquierda se opuso, aunque conviene decir que ninguno de los tres grupos explicó con nitidez el núcleo del problema. Y el núcleo no es si los colegios deben ser públicos, privados o mediopensionistas: el núcleo es que, cuando el dinero público impulsa iniciativas privadas, alguien debería tomarse la molestia de explicar bien quién gana, quién paga y por qué eso se llama interés general.

El asunto es un enredo sin pies ni cabeza que ha llevado a este periódico a elaborar un informe técnico que publicaremos próximamente para ver si nuestros lectores consiguen entenderlo y nos lo explican a nosotros.

La hora de Vox

.En el turno de mociones, Vox decidió salir del modo “escudero del PP” y entrar en el modo “campaña propia”.

Primera pieza: Cercanías, el gran género nacional. Se pidió reclamar responsabilidades al Ministerio de Transportes por el caos ferroviario. La concejala Nuria Díez de las Heras defendió la moción con un tono tan amable que por un momento pareció posible un pacto con la izquierda: no la rechazaron de plano, propusieron enmiendas para rebajar la carga ideológica.

Pero Vox no compró rebajas: mantuvo el texto, mantuvo el gesto y se llevó la votación con la mayoría de gobierno. Lección municipal: cuando se negocia de verdad, se nota; cuando se actúa, también.

Segunda pieza de Vox: prohibir entrar al Ayuntamiento con burka o niqab (dicho de manera más rebuscada, para que pareciera un manual de convivencia y no una pancarta). Ahí la oposición se lanzó a la yugular: racismo, islamofobia y el paquete completo. El PP acompañó el movimiento voxero, aunque su portavoz, Jorge Domínguez, se limitó a contarnos que es un hombre viajado. Lo cual está muy bien —viajar siempre abre la mente—, pero no es exactamente un argumento a favor de una moción tan innecesaria como ideológica.

Vox, en resumen, se mueve con oficio y con una portavoz solvente (la alusión de Susana Jiménez a los menús de Cuaresma dejó descolocados a los socialistas: hay golpes que entran por el catecismo). El PP haría bien en no dejarse arrastrar por un terreno que no le favorece. Lo intenta de vez en cuando: votó, un año más, con la izquierda el manifiesto del Día de la Mujer. Gesto clásico, efecto clásico: todo el mundo lo vio, nadie se inmutó.

La hora de Más Madrid

Y entonces llegó Más Madrid, que ya venía calentando. Estefanía García presentó una moción contra presuntas irregularidades en concesiones a Acciona en 2022. Casualidad de guion: esa misma mañana Infobae publicaba una noticia cargada de especulaciones sobre concejalas, maridos, directivos y viveros. ¿Pruebas? Una foto que acredita que se lo pasan bien. Dan envidia, pero no siempre dan para sumario. Aun así, la portavoz másmadrileña armó un discurso de corrupción y chanchullos; Ganemos se subió al vagón; y el PSOE, esta vez, prefirió el chaleco reflectante de la prudencia y, junto a Vox, pronunció la frase favorita de quien no quiere mancharse: “que hablen los tribunales”.

El alcalde, relativamente contenido hasta entonces (solo relativamente), se desató y acusó impropiamente de “casta” a los concejales de Más Madrid aludiendo a circunstancias personales. En ese punto, el pleno ya olía a cansancio: apareció el tuteo en los choques, ese síntoma menor de que la educación se vuelve opcional cuando el reloj aprieta. Solo el Alcalde se mantuvo fiel al “usted”. Algo es algo.

Casi a las doce, fin. Se apagaron micrófonos, se recogieron papeles y cada cual volvió a su casa con la sensación de siempre: que el pleno ha sido largo, que los ciudadanos están a favor o en contra según de qué, y que, efectivamente, mañana seguirá funcionando el wasap municipal. Hay democracias que se sostienen con grandes pactos; la nuestra, de momento, con cobertura y paciencia.

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