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Capítulo I – La mujer del pañuelo rojo

Subió en la parada del Zoco. Era bajita, arrugada y elegante, con un pañuelo rojo anudado al cuello. Se sentó sin mirar, suspirando como quien carga una mochila invisible. El bus arrancó.

—¿Le importa si hablo un poco? —preguntó ella, sin girarse.

Él asintió con una leve sonrisa.

—Hoy hace cuarenta años que no volví a escribirle. Era panadero. Me dejaba pan caliente en la puerta, con papel de estraza y poemas mal escritos. Lo dejé por miedo. Por vergüenza. Por “el qué dirán”.

El bus avanzaba entre curvas. Ella hablaba como quien se vacía con cuidado. Cuando faltaban dos paradas para Plaza Castilla, hizo una pausa.

—¿Y usted? ¿A quién esperó?

—A nadie. Yo escucho a los que aún esperan algo —dijo él, sin levantar la voz.

Cuando ella se bajó, parecía más ligera. Como si el pañuelo rojo fuese ahora una bandera que ondeaba hacia atrás.

Solo entonces él miró el asiento y lo vio: el pañuelo. Había quedado allí, como una promesa.

Lo recogió con cuidado, lo dobló con respeto… y pensó: “Este será para el panadero. Por si aún lo espera.”

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