Ya lo había visto otras veces. En la ida, iba con sus amigos: risas, bromas, el ruido del altavoz, zapatillas nuevas. Cantaban, se burlaban con gracia, y hasta le lanzaban frases a las chicas del asiento cuatro. Siempre con educación, sin jaleos.
Pero por la tarde… era otro. Volvía solo. Siempre solo. Y callado.
Se sentó unas filas más adelante. Miraba por la ventana, con los auriculares puestos pero sin música. No pestañeaba. No hablaba. Se recogía en sí mismo, como si el ruido de la ida se le hubiera quedado pegado a los hombros, y ahora le pesara.
No era el mismo. Por la mañana, parecía uno más del grupo. Por la tarde, parecía un niño bien, pensativo, como si la vida se le hubiera colado entre clase y clase.
Algunos días se ha llegado a sentar a mi lado. Callado, siempre. Quizá algún día me cuente cuál de las chicas del asiento cuatro es la que le gusta. Yo tengo la intuición de que es la de los ojos azules. Es la más guapa, sí, pero hay otro de sus compañeros que también anda tras ella.
También he observado que, si me fijo bien, ella lo mira más a él que al otro.
Pero… eso ya es otra historia.
Y poco más.
Se baja en la misma parada que yo. Él tira a la derecha. Yo al centro. Caminamos en silencio, cada uno con sus pensamientos.
Mañana, tal vez, nos volvamos a ver. Quizá a la misma hora. Quizá no. Depende del tiempo.
Y del tiempo que pase.










