El viernes me levanté un poco más tarde. Tenía revisión médica. La edad no perdona… aunque quizás no sea por la edad. Mi médico de Colmenar —no diré el nombre, pero es bien conocido— le llama “chequeo médico”. Yo lo llamo la ITV.
Subí al 722 como cada mañana, y al momento noté que algo no era igual. Juan, el conductor, no estaba. Hasta ahora siempre había coincidido con él, salvo los jueves, que libra. Me senté en el primer asiento, más por costumbre que por otra cosa. Quería ver al nuevo conductor. Y aunque uno ya sabe que no está bien hablar con el conductor —lo pone en el metro, lo dice la DGT, y lo sabía hasta cuando tenía veinte años—, me mordía la lengua por preguntar.
En una parada larga, mientras subían unos chicos que iban a la Autónoma, ocurrió.
Antes de que yo abriera la boca, fue él quien lo hizo:
—Juan está con su mujer. Se ha puesto de parto esta mañana. Me toca cubrirle. Como te he visto ahí sentado, todo atento, imaginé que esa era tu pregunta.
Lo era, claro.
Llevo tiempo viajando con Juan. Ya me habría dicho algo si lo tuviera previsto. Me habló una vez de que iba a ser padre, pero a mi edad… el año pasado fue ayer. El tiempo vuela.
—Es su primer hijo —añadió el nuevo conductor—. Estará unos días de baja. Paternidad, ya sabes.
—Claro… —dije sonriendo—. En mis tiempos, eso no existía. Ni para los padres, ni para las madres. A la semana, vuelta al trabajo. En la oficina… o en casa.
Nos quedamos un momento en silencio, con el runrún del motor acompañando el pensamiento.
Ya llegando a mi parada, me despedí con un gesto. Él me respondió:
—Hasta mañana no. Yo solo cubro hoy. Mañana tendrás otro.
Y me bajé, pensando que sí, que la vida cambia. Que ahora los padres cogen bajas. Y que Juan, que tantas veces me ha llevado en silencio, hoy estaba en otro viaje… mucho más importante.










