Miércoles. No de ceniza. Un miércoles cualquiera. El 722 llega puntual, minuto arriba, minuto abajo.
Juan está al volante de nuevo. Esa cara de padre reciente se nota en la sonrisa, diferente desde que nació su hijo.
—Buenos días, Juan. ¿Todo bien? ¿Te deja dormir el pequeño?
—Sí, me turno con Lamer. Yo por las noches, ella por el día. Nos vamos apañando.
Una sonrisa compartida, y camino hacia mi asiento habitual. Pero hoy está ocupado.
Una niña de unos ocho años está sentada junto a la ventana. A su lado, un par de asientos detrás, la madre le sujeta la mano con delicadeza. Me siento al lado de la pequeña, que lanza una mirada a su madre, como pidiendo permiso.
Lleva una muñeca en brazos. En la muñeca, una pulsera del hospital. Y en su cabeza, el mismo pañuelo que lleva la niña. No hacen falta más pistas. Ya sé a dónde van.
Miro a la madre. Sus ojos me lo confirman sin palabras.
—Buenos días, señor. ¿Dónde va? —pregunta la niña.
La madre se tensa, como queriendo frenar la conversación, pero yo me adelanto.
—Al mismo sitio que tú.
—¿Sí? ¿A la quinta planta?
—Sí. Allí está una amiga.
—¿Cómo se llama?
—Anaïs.
—¡La conozco! Mi amiga está en la 505.
Se hace el silencio. La niña mira por la ventana. Llueve. Un día gris, como las vidas de dos niñas que se cruzan en pasillos blancos.
El 722 paró en la estación indicada. No hizo falta pulsar el timbre de “parada solicitada”.
Aquí no basta con señales luminosas. Aquí haría falta otra campaña:
La de la vida.
La de la esperanza.
Y dejar que bajen de una vez el sufrimiento, el dolor y la lágrima.
Porque los viajes tienen eso:
Siempre hay paradas para el amor, para la pérdida, para el miedo…
Y siempre —siempre— la esperanza de que un día se vacíe.
No el autobús.
Sino la quinta planta.
Y todas las demás.










