El 722 venía medio vacío esa mañana.
Ella subió en la parada de siempre, con paso rápido y la mirada baja. Llevaba el móvil en la mano y el alma en otra parte.
Se sentó sola, a un par de asientos por delante de mí.
Yo ya la había visto otros días. Tendría unos 18, 19 años.
Siempre callada, siempre con auriculares, siempre con prisa.
Pero ese día no llevaba auriculares. Solo el móvil, pegado a la oreja.
—Sí… ya estoy en el bus.
Un silencio.
—No, no me ha venido aún.
Pausa.
—Lo sé. Lo sé, no grites… estoy asustada, ¿vale?
Su voz no era alta. Pero el autobús estaba en silencio.
La tensión viaja rápido cuando no hay ruido.
—No, no he ido aún. ¿Y si es positivo? ¿Y si es no?
—¿Y si se lo digo a mi madre y me echa de casa?
La frase quedó flotando.
Algunos pasajeros miraban por la ventana fingiendo no escuchar.
Otros bajaban la vista.
Yo simplemente me quedé quieto.
La chica volvió a hablar, más bajo:
—No es como tú piensas. Yo no soy así.
—Fue una vez. No sé… no sé qué hacer.
—Te lo dije… que te lo pusieras… que fuéramos a la farmacia.
Y tú, que no, que controlabas…
—No me juzgues ahora. Solo dime… ¿estarás ahí?
Silencio. Largo. El tipo de silencio que dice más que cualquier palabra.
Ella colgó. Cerró los ojos.
Se mordió el labio y se apoyó en el cristal.
El autobús siguió su ruta.
Y yo seguí en mi asiento.
No dije nada.
No hice nada.
Solo pensé que a veces el 722 no lleva a la universidad, ni al trabajo.
A veces lleva a un lugar más complicado:
el de las decisiones, el miedo, el temblor.
Cuando se bajó en la estación de cercanías, la vi mirar el cielo.
Quizá buscando una señal.
Quizá solo respirando.
Pero algo en ella me pareció más firme.
Como si, por fin, supiera a dónde ir.










