
Capítulo XIV – El contable que olvidó vivir
Subió como cada día en Tres Cantos, puntual, sin mirar a nadie. Iba trajeado, con corbata azul, maletín de cuero marrón gastado y gafas de pasta que nunca bajaban al

Subió como cada día en Tres Cantos, puntual, sin mirar a nadie. Iba trajeado, con corbata azul, maletín de cuero marrón gastado y gafas de pasta que nunca bajaban al

Iba por la M-607, como cada día. Pero ese martes volvió antes. No se encontraba bien. La cabeza le daba vueltas y el cuerpo pedía cama. A la altura de

Se subieron en la parada del centro, como cada mañana. Un matrimonio sudamericano, él con chaqueta de obra, ella con su mochila y un tupper mal envuelto en papel aluminio. Se

El 722 venía medio vacío esa mañana. Ella subió en la parada de siempre, con paso rápido y la mirada baja. Llevaba el móvil en la mano y el alma en

Un martes más, camino a Tres Cantos. Pero esta vez, el 722 se detuvo en seco. No era el típico frenazo. Era un parón total. Al principio, todos mirábamos por las ventanas,

El autobús estaba a punto de cerrar puertas cuando ella subió. Una chica joven, de unos veinte años, bufanda desordenada, el pelo húmedo por la lluvia. Miró a su alrededor, nerviosa,

Un día cualquiera. El 722 llegó puntual, como casi siempre. Él subió, saludó a Juan, el conductor, y buscó asiento. Observó el pasillo con calma, como quien no tiene prisa

Miércoles. No de ceniza. Un miércoles cualquiera. El 722 llega puntual, minuto arriba, minuto abajo. Juan está al volante de nuevo. Esa cara de padre reciente se nota en la sonrisa,

Hoy es sábado. Pero no es un sábado cualquiera. Aunque para mí, todos los sábados —como los lunes, los miércoles, o como se llamen— son maravillosos. Vivir ya es una

El viernes me levanté un poco más tarde. Tenía revisión médica. La edad no perdona… aunque quizás no sea por la edad. Mi médico de Colmenar —no diré el nombre,
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