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Capítulo VIII: La dama del 722

Un día cualquiera. El 722 llegó puntual, como casi siempre. Él subió, saludó a Juan, el conductor, y buscó asiento. Observó el pasillo con calma, como quien no tiene prisa por elegir. Había varios sitios libres, pero decidió sentarse solo.

Apenas unos segundos después, una figura familiar se levantó desde dos asientos más atrás. Era ella. La chica de los ojos azules. Se acercó, sonrió y se sentó a su lado.

—Buenos días —dijo ella.

—Hoy… aparece la dama del 722.

—¿Qué?

—Sí. Eres mi dama del 722. La más bella que veo todos los días.

Ella sonrió con sorpresa.

—¿Y si eso es verdad… por qué nunca te has sentado conmigo?

—Porque he estado observando. Te sientas en distintos sitios. A veces conversas con quienes van al lado. Pero nunca conmigo.

—¿Y eso por qué?

—Las chicas como tú tenéis dos… llamémoslos “problemas”. No son problemas en sí, pero para entendernos…

—A ver, dime —dijo ella con una sonrisa cómplice.

—Primero, eres tan guapa, tan deslumbrante, que quien te ve se queda con dos dudas: “¿Me siento con ella?” y “¿qué pensarán los demás?”. Algunos no lo hacen por vergüenza, por timidez. Otros lo intentan, pero no saben qué decirte. Se quedan cortados. A los jóvenes les pasa eso mucho. Si te sientas con ellos, les tiemblan las piernas.

—Eso es verdad —dijo ella bajando la voz—. Hay uno que me gusta. Cuando va en grupo me mira, los amigos lo empujan para que me diga algo… pero luego, cuando va solo, ni se acerca.

—Exacto. Y luego estamos los mayores… como yo. “Mira el abuelo que se quiere sentar con la guapa”, pensarán. Así que yo esperaba. Hasta que ha llegado el día.

—¿Y por qué hoy?

—Porque tú te has sentado conmigo. Has roto el silencio. Y eso cambia todo. Ahora podemos hablar. De tus estudios. De ese chico. De lo que quieras.

—¿Sabes mi nombre?

—Claro. Lucía. Te bajas en la UAM. Aquí en el 722 todos nos conocemos. Aunque no lo parezca.

—¿Y él? El chico del fondo…

—Iván. Siempre va con los cascos. Viendo vídeos de ciencia, de la doble rendija y todo eso.

Lucía rió.

—Gracias por ser ya uno de mis contactos del 722.

—Cuando quieras, aquí estaré.

El autobús se detuvo. Lucía se levantó, le lanzó una mirada dulce y bajó.

Él se quedó unos segundos mirando por la ventana. Había comenzado una conversación que llevaba tiempo esperando. Y con suerte, no sería la última.

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