
Capítulo IV – El rubio que callaba
Ya lo había visto otras veces. En la ida, iba con sus amigos: risas, bromas, el ruido del altavoz, zapatillas nuevas. Cantaban, se burlaban con gracia, y hasta le lanzaban

Ya lo había visto otras veces. En la ida, iba con sus amigos: risas, bromas, el ruido del altavoz, zapatillas nuevas. Cantaban, se burlaban con gracia, y hasta le lanzaban

Subió en la parada del Ventorro, con paso lento pero firme. Llevaba el uniforme sin galones, sin insignias, como quien quiere pasar desapercibido y al mismo tiempo no puede dejar

Subió en la parada de la Avenida de Madrid, con una mochila colgando de un solo hombro y la mirada escondida tras unos cascos grandes. Tenía unos 16 o 17

Subió en la parada del Zoco. Era bajita, arrugada y elegante, con un pañuelo rojo anudado al cuello. Se sentó sin mirar, suspirando como quien carga una mochila invisible. El

Cada mañana, cuando el reloj aún bosteza y la bruma de Colmenar apenas se ha levantado, él sube al autobús 722. No tiene prisa. No tiene destino. Solo se sienta
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