La Asociación de Amistad con el Pueblo Saharaui en Colmenar Viejo impulsa el programa Vacaciones en Paz, que permite a menores refugiados pasar el verano en familias españolas. En 30 años, más de 400 niños han sido acogidos en la localidad. La frase clave “acoger a un niño saharaui” se repite a lo largo del texto, que también resalta la necesidad urgente de nuevas familias voluntarias.
Una llegada entre juegos, miedos y abrazos
RG. Cada verano, una escena se repite en el Parque del Vivero. Niños de entre 10 y 12 años bajan de un autobús con ojos abiertos y manos pequeñas que buscan otras manos. Son los menores saharauis que llegan desde los campamentos de refugiados en Tinduf. En cuestión de minutos, sus vidas dan un vuelco: del desierto argelino a una casa de acogida en la sierra madrileña.
“Primero vienen todos juntos, muy contentos, jugando, pero cuando se separan por asociaciones, incluso hermanos, sus caras cambian”, cuenta Paz Prieto Rivas, presidenta de la asociación local. “Intentamos que todos se vayan más o menos al mismo tiempo para que ninguno se quede solo de repente”.
El programa Vacaciones en Paz lleva más de tres décadas activo en la zona. Una media de 15 menores ha sido acogida cada verano desde su inicio. “Este año llegan 12. Nos esperábamos alguno más, pero por distintos motivos no subieron al avión”. En la parte institucional fueron la primera teniente de Alcaldía, Belén Colmenarejo Collado, y la concejal de Política Social, Isabel Álvarez Díaz, quienes dieron la bienvenida a los niños y niñas saharauis este verano.
Las familias de acogida deben cumplir requisitos claros: “Certificado de penales y de delitos sexuales, informe médico, edad máxima recomendada de 70 años… Pero también entrevistamos personalmente. Hay que ver cómo respira una familia”.
Gafas, calor y wasap
La acogida no es solo emocional. También es sanitaria y vital. “Lo más importante es retirarles de los calores asfixiantes del desierto. Lo segundo, la revisión médica: les detectamos dolencias cardíacas, asma, diabetes, problemas de vista…”.
A algunos niños se les entregan gafas nuevas; otros regresan a Tinduf con medicamentos difíciles de conseguir en los campamentos. “Y si tienen celiaquía, mandamos productos especiales desde aquí”, explica Paz.
La tecnología ha estrechado vínculos. “Con el wasap mantenemos el contacto. Se ven por videollamada, enseñan la casa donde están, hablan con sus familias biológicas… Se crea un vínculo muy bonito”.
Una familia colmenareña ya acoge desde hace años a un joven que ahora tiene 22. “Volvió a España y estuvo en casa con nosotros. Solo perdimos el contacto con uno, fue antes del wasap”.
Un gesto local con eco global
La implicación del Ayuntamiento ha oscilado con los años. “Antes de la pandemia estaban muy implicados. Ahora ha mejorado de nuevo. Firmamos un convenio que cubre billetes y otros gastos. Este año han tenido detalles con los niños, les encanta salir con su bolsita del Ayuntamiento”.
Pero no todo es fácil. El gran reto actual es encontrar más familias para acoger a un niño saharaui. “Hacemos campaña en redes, pegamos carteles… pero cuesta. Y no basta con el apoyo municipal: necesitamos donaciones, material escolar, ayuda para los pequeños gastos del día a día”.
En plena parálisis del conflicto político del Sáhara Occidental, la asociación prefiere centrarse en lo urgente: “Nuestra misión es humanitaria. La política se la dejamos a los políticos”.
Y aun así, lo humano se entrelaza con lo histórico. Porque “los menores que vienen no provienen de familias desestructuradas. Allí, si falta un padre o madre, abuelos, tíos y primos se hacen cargo. Son familias muy fuertes”.
Para quienes se lo piensan, Paz lo tiene claro: “Yo les animaría. Que no tengan miedo a dar el paso. Es enriquecedor, porque al final aprendemos mucho de ellos”. La concejal de Política Social, Isabel Álvarez Díaz, agradeció el enorme esfuerzo, la generosidad y el continuo apoyo que reflejan el espíritu solidario de Colmenar Viejo.










